viernes, 20 de enero de 2012

Cuenta Antonio... que es poeta.

El mago de la Vuelta de Los Mangos transita por la segunda década de nuestro siglo, pulsando teclas clave del imaginario infantil y juvenil. Y así como muchas obras que han sido consagradas para la infancia, cuando se lee este relato de Antonio Trujillo, se presiente que este texto hermoso no estaba dedicado a un receptor necesariamente infantil o juvenil. Se intuye al poeta, amante de la oralidad, del hombre sencillo y de la naturaleza, jugando a la concreción de una narración que pivota sobre una columna poética hecha desde décadas atrás con retazos de naturaleza y fragmentos particularísimos de humanidad. De ese eje brota la voz lírica que nos cuenta:

Era diciembre dentro del sombrero y un azul de cielo nacía en la luz de los montes; el mismo valle y su gran cerro cubiertos en nueva espiga le anunciaban el nacimiento de Dios. (p. 7)

A veces el sombrerito se poblaba de puras nubes y días de sólo niebla en su interior, era una espiga blanca en el corazón del tiempo. Y en ese vacío el mago podía ver cosas, historias, dibujos, inventos de Dios para llenar y borrar el cielo de aquí y otros escondidos por Él, más allá del universo. (p.12)

Maravillosa confluencia entre un discurso con rasgos de oralidad y la literatura escrita para disfrute de los niños, un lenguaje en voz baja construido desde el animismo sólo para hechizar a un público al que aún el nombre de algún caserío, de un río, de un árbol, una hierba, una flor… puede llevarlo a evocar un tiempo pleno de naturaleza y más próximo a nuestra propia y virginal esencia humana.

Y es precisamente esa devoción por la naturaleza, el hombre y su historia la que acendra este relato singular que respetuosamente –como sólo sabe hacerlo la literatura auténtica- plantea entre otros temas de importancia, la relación entre los seres humanos, y de éstos, con la naturaleza. Por eso a lo largo de toda la narración, las lluvias, floraciones, neblinas que emergen del sombrero, serán siempre el preámbulo de pequeños relatos que nos dan cuenta del devenir histórico de los habitantes de la región altomirandina.

Y como la historia del hombre también ha sido el relato de sus sucesivas batallas, no tardará en asomar por allí la figura férrea del Benemérito, oportuno personaje que si bien contrastará con nuestro buen Cabuyita, no dejará de prodigarle a él -también en el fondo- su respeto, al advertir que aquel excepcional personaje poseía el maravilloso don de ser invulnerable al ejercicio de la violencia.

Y ese mismo devenir histórico que Antonio Trujillo proyecta en su relato, nos enseña que los procesos artístico-culturales de todos los pueblos no han hecho otra cosa que demostrar en forma sostenida, que existe un número reducido de causas -que a modo de impulso natural- confieren unidad y homogeneidad a las manifestaciones estéticas de todas las civilizaciones humanas.

Y es precisamente la actitud simbólica del ser humano, con su carácter universal y sus distintas aplicaciones, la condición básica que ha permitido la satisfacción de sus impulsos, y con ellos, el aumento de la motivación para el desarrollo de la creatividad artística.

Por ello El mago de La Vuelta de Los Mangos es poesía para lectores de todas las edades, pero como la literatura es deuda del ser humano con su habilidad simbólica, este relato encuentra un lugar útil dentro de un público infantil y juvenil y bajo la guía de maestros y maestras hábiles y sensibles. De esos que gustan reconstruir con lo artístico, la historia de los pueblos, y a través de ella disfrutan ver desplegar la imaginación de sus discípulos. Sí. El mago de la Vuelta de Los Mangos es un instrumento pedagógico sin resentir de su carácter poético.

Pero no sería justo hablar hoy del verbo sin reverenciar las hermosas imágenes que adornan El mago de La Vuelta de Los Mangos: las ilustraciones de Coralia López Gómez son sucesivos hallazgos de interacción entre palabra e imagen. Y aunque en el verbo de Trujillo no hay ausencias, las sencillas acuarelas de Coralia parecieran ir siempre acompañando la breve pero profunda mirada del poeta.

Y nosotros, ávidos de que con la lectura de El mago de La Vuelta de Los Mangos resurjan en los lectores de distintas edades, la búsqueda de nuestra primogénita relación armónica entre los hombres, y de éstos con la naturaleza, no sólo disfrutaremos íntimamente con la lectura de este extraordinario ejercicio poético, sino que junto a nuestros niños y adolescentes nos preguntaremos: ¿Y qué es lo que hace mago a Cabuyita? ¿Cuánta de su magia aún tenemos y podemos desarrollar? ¿Qué embiste de sabiduría pero también de humildad a este personaje singular? ¿Bajo qué prisma observa el mago el tiempo, el paisaje y la vida del hombre?...

Y en el fondo, después de muchas y distintas respuestas que nos llevarán a formularnos otras tantas preguntas, con un número no menor de diversas respuestas, nos sumergiremos en el alma misma del ser humano, franqueando obstáculos hacia ese “mundo intermedio” “esa frontera entre el sueño y la vigilia” construido por Cabuyita, y adonde sólo pueden acceder los hombres y las mujeres que han escuchado la voz de la tierra y en sus prácticas diarias han aprendido a respetarla como cosa sagrada.

Ese es, quizás, uno de los más hermosos ejercicios a los que quiere invitar este relato sencillo nacido del verbo de Antonio Trujillo: desprendernos de tanta ciudad en guerra para volver a mirar, escuchar y sentirlo todo desde su sentido originario, que es también una forma de llevar un sombrero mágico, y de cobijarnos como El Mago de La Vuelta de Los Mangos, en un lugar donde podamos siempre escuchar “la voz y el pensamiento de una tierra inocente, alumbrada por un mar de espigas ocres y salvajes.”

Los postulados marxistas en la explicación del desarrollo de la sociedad venezolana

La teoría marxista -como sistema de proposiciones lógicas que explica el desarrollo de la sociedad capitalista, y es capaz de predecir y ejercer control sobre los fenómenos que identifica- debe indiscutiblemente ofrecer los fundamentos para que una vez asimilados plenamente sus postulados, pueda suministrar los elementos suficientes y necesarios para que los colectivos sociales podamos ser capaces de contextualizarlos en el escenario geopolítico de la Venezuela actual.

Para ello es incuestionable la necesidad de aguzar la observación de los hechos que conforman nuestro pasado y nuestro presente histórico, y de reflexionar y discutir en colectivo todas las implicaciones que estas leyes científicas poseen en el devenir histórico de nuestro pueblo. De esta mirada y esta reflexión en colectivo -libre del mal emergente de una retórica postmodernista- pudieran emerger distintos sistemas de aplicaciones prácticas para la superación de muchas de las situaciones que enfrenta nuestra nación.

La lectura, por ejemplo, de un libro como Bolívar. Acción y utopía del hombre de las dificultades de Miguel Acosta Saignes debería ser lectura sugerida para cualquier discusión con sesgo en los procesos de lucha de clases que se han venido generando en tierras venezolanas, en la medida en que contribuye con la importante tarea de ofrecer una visión en perspectiva, lejana a la desfragmentación anecdótica que padecimos en las cátedras de historia de Venezuela ofrecidas a través de las instituciones escolares.

No se trata de revisitar la historia con afanes románticos ni patrioteros; la tarea es explicarnos cómo tuvo lugar la lucha de clases que libró la sociedad colonial de finales del siglo dieciocho y principios del diecinueve, y de evaluar qué otras formas de opresión se erigieron a partir de entonces. De allí la importancia de este tipo de investigaciones, las cuales bajo perspectivas marxistas se desprenden de lo puramente histórico y encuentran apoyo en la antropología y la teoría económica.

Acercarse hoy al marxismo en aras de su reactualización, es un deber de todas aquellas personas que conspiran auténticamente por la sobrevivencia de la humanidad, en momentos en que ésta pareciera estar condenada al exterminio como consecuencia de la práctica de un sistema fundamentado en la opresión y la injusticia social.

Y en este punto tiene especial cabida la afirmación de Popper (1996) en el sentido de que el conocimiento consiste en la búsqueda de la verdad y no de la certeza. Buscar la verdad  bajo la premisa de que todo conocimiento humano es falible, susceptible a error, configura una perspectiva intersubjetiva de la realidad, y por ende, un concepto de permanente estudio, de trabajo en equipo y de búsqueda sostenida de teorías explicativas que no sólo den razón de la forma en que se establecen y funcionan ciertas relaciones, sino que también contribuyan predictivamente en la superación de situaciones problemáticas.

Para realizar esta ingente tarea de reconstrucción de un conocimiento indiscutiblemente científico, es necesario sin embargo redefinir los términos en los que hemos venido comprendiendo la ciencia, los desarrollos teóricos y las perspectivas de investigación desde las cuales se han venido formulando. Ello nos lleva, en consecuencia, a evaluar el nivel de eficiencia con que algunas aportaciones han pretendido dar respuesta a los fenómenos sociales del mundo, y más específicamente, al sinnúmero de escenarios que han emergido de la realidad de Nuestra América.

En este sentido, y como producto de mis prácticas como educadora durante las últimas tres décadas, en los subsistemas de educación básica, media general y universitaria, he encontrado siempre la presencia de una limitante. He podido constatar no sólo el eficiente y enajenante papel que cumplen las instituciones en la formación del ciudadano promedio venezolano, sino también el deliberado propósito de la educación informal o de la mal llamada “sociedad educadora” por consolidar disfunciones cognitivas en los individuos para evitar que ejerzan la más sagrada e importante función que todo ser humano debe realizar: la función de pensar.

Víctimas del cada vez más exitoso progreso tecnológico en materia de medios de comunicación, la humanidad aún no ha encontrado suficientes herramientas para combatir el permanente bombardeo mediático, en aras de la “formación de esquemas mentales idóneos” para el progreso de la cultura capitalista.

De allí que el ciudadano promedio asuma actitudes superfluas, hipnotizado en mayor o menor grado por el placer y el confort de esa sociedad todopoderosa y de consumo, que lo inhabilita en la mayoría de los casos para pensar con un mínimo de sentido común, o le inhibe en la práctica de actitudes solidarias o cooperativistas, haciéndolo instrumento de reproducción de estos males en futuras generaciones.

Resulta certera la afirmación de Gunn (2006) al expresar que el marxismo ha sido víctima del fenómeno de la transposición didáctica, a través del cual el objeto del saber se transforma para convertirse en objeto a enseñar. Este hecho, por supuesto, no es casual ni inocente. Subrepticiamente se nos ha vendido como una información escolar y escolarizante proveniente de las ciencias sociales, y no como un conocimiento crítico sobre la teoría social y la filosofía tradicionalista, con abiertas repercusiones prácticas. Por ello su desarrollo se ha circunscrito al plano de la retórica, y en no menos ocasiones, las aportaciones teóricas de muchos autores que se consideran marxistas, asumen un discurso declarativo que invita a la  desesperanza, la inacción y  la pasividad.

De estos últimos trabajos destacan también los de caracteres revisionistas. Y en ellos sitúo, en nuestro país, aquellos que se ubicaron mediáticamente bajo el nombre de “socialismo del siglo XXI”, nacidos bajo la sombra de un grupo de “intelectuales” de “nueva era”, los cuales venían acompañados de un lenguaje vago, ambiguo y vacío… Estos escritos pretendieron arrebatarle a los postulados marxistas su carácter problematizador como teoría de lucha de clases, y en consecuencia, sirvieron como un instrumento más para la dominación ideológica de la cual unos somos más o menos  sobrevivientes que otros.

No obstante lo antes expresado, Venezuela proporciona actualmente unas excelentes condiciones para que sus ciudadanos puedan identificar las características de las distintas luchas de clases que se libran en su seno, y traten  en consecuencia, de imaginar y construir nuevas formas de organización que no reproduzcan los males del capitalismo.

Esto ha sido posible, sin lugar a dudas, gracias a la llegada al poder de un líder aliado con las luchas populares, cuyas acciones si bien aún se mueve bajo esquemas capitalistas, han venido desarrollando políticas de avanzada que permiten un mayor número de oportunidades de acceso de los colectivos dentro del proceso de formación de una consciencia política necesaria para la observación y explicación integral de su realidad histórica.

Por ello y en este mismo orden de ideas es necesario destacar el hecho de que el marxismo, como teoría científica, constituya el mayor aporte que la humanidad ha hecho en pro de su posible redención. Leer a Marx, describir su teoría tal y como fue concebida en el espacio-tiempo que le correspondió vivir, interpretar sus postulados como parte de las condiciones objetivas en las que transita el capitalismo; pero sobre todo, identificar –en colectivo- las características de las actuales y diversas formas de lucha de clases, es una empresa digna de la mayor consideración, y para la cual debemos convocar a cada vez mayor número de venezolanos, sin etiquetas elitescas ni requisitos institucionales.

Por ello y porque nuestra sociedad no ha sido formada para el ejercicio del análisis marxista, considero contraproducente colocar trabas para que un grueso número de ciudadanos podamos acceder a talleres de discusión en torno a lo que se considera teoría marxista, y en consecuencia, en la construcción de diversas aplicaciones de este importante conocimiento en una sociedad sujeta a cambios y decidida mayoritariamente a apoyar políticas colectivistas que contribuyan a devolverle su verdadero rostro, y su justa capacidad de reflexión al ciudadano promedio venezolano.



Referencias

Popper, K. (1996). El conocimiento y la configuración de la realidad. En: En busca de un mundo mejor. Barcelona. Paidós. Pp 17-49.

Gunn, R. (2006). En contra del materialismo histórico: el marxismo como un discurso de primer orden. En: Marxismo abierto. Una visión europea y latinoamericana. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana C.A. Pp. 105-158

Los maestros venezolanos

Leer al camarada Echeverría relatar las décadas de luchas de los educadores mexicanos en favor de las causas populares, me produce -cuando menos- una cierta dosis de vergüenza, pues si bien jamás he sido una educadora neocolonizada, como muy bien caracterizó Luis Bigott este tipo de actitud y tendencia educativa enajenante, y siempre he tratado de unirme a las luchas de los sectores más desfavorecidos, jamás pude activar ningún tipo de iniciativa de carácter colectivista y revolucionaria con el concurso de mis colegas.

Creo pertenecer, al igual que la mayoría de los educadores de este país, a lo que los expertos llaman el estrato social bajo o medio bajo de la población venezolana. Mis padres, al  igual que muchos de los padres de mis colegas, eran personas humildes que emigraron de zonas rurales para trabajar, y luego criaron a sus hijos en la región central del país en un intento por darles “un mayor margen de posibilidades socio-educativas”. Lo cierto es que mi generación fue bombardeada por aquel Mago de la Cara de Vidrio que inmortalizó Eduardo Liendo en su relato.  Mi generación fijó en sus conexiones neuronales la cultura del show que para entonces era exclusividad de Venevisión y RCTV.

Así que, camarada Echeverría, parafraseando en forma angustiosa su escrito, y a modo de autocrítica, podría afirmar lo siguiente:

1.    En Venezuela, como en todos los países hay sectores que se han distinguido por sus luchas sociales, pero jamás el gremio educativo venezolano, en forma cohesionada y contundente, ha asumido las banderas de las luchas populares. Muy al contrario, muchos de ellos creen pertenecer a la “clase media”, en virtud de que ya no egresan de la Escuela Normal, como era costumbre en las últimas décadas del siglo pasado, sino que ahora lo “forman” o “deforman” en la universidad, y adquieren títulos de pre y postgrado obtenidos -dicho sea de paso- en formas cada vez más cuestionables, a juzgar por la calidad de los docentes que egresan, del terrible desempeño de los docentes formadores y de los diseños academicistas y castrantes de las instituciones pedagógicas de nuestro país.

Si alguna vez los gremios educativos han levantado la voz, ha sido en favor de sus muy particulares intereses, disfrazados la mayor de las veces, de una “falsa preocupación” por el estudiantado. Y esta actitud del gremio no ha sido revertida jamás por las bases magisteriales, la cual no ha encontrado siquiera un grado de organicidad que le permita sentar una postura clara frente a uno u otro hecho de la realidad política, social o económica de nuestro país, y actuar en consonancia. La mayoría de los docentes venezolanos no conoce la historia de su país, mucho menos de su región o de su comunidad, y si usted le formula algunas preguntas en las cuales deba emplear conocimientos socio-históricos, eludirá el tema diciéndole que a él o a ella no le gusta la política.

2.    Las escuelas normales venezolanas desaparecieron en los años setenta, y si bien ellas nunca tuvieron -como en México- un carácter nacionalista y contextual, adecuado a los rasgos políticos, sociales, económicos y culturales de la población a la cual atendían, tenían como principal premisa educativa la formación de “ciudadanos” para la nación. Indudablemente que ese “ciudadano” era el ciudadano “cumplidor de normas”, no importa lo injustas o inadecuadas que fuesen; pero el sistema educativo normalista fue concebido para el desarrollo de habilidades de carácter actitudinal y el desarrollo de valores en el escenario pedagógico de entonces. De allí que para los fines y el contexto en que fue concebida, resultase más eficiente que la que ahora tenemos a través de nuestras flamantes instituciones universitarias.

3.    Al igual que usted, camarada Echeverría, jamás vi en el ejercicio de la función educadora una actividad laboral bajo un criterio estrictamente remunerativo. Sin embargo la realidad socio económica de mediados del siglo veinte y principios del veintiuno es que se estudia para ingresar al aparato productivo y que los índices académicos de ingreso a una carrera en el área educativa aquí en Venezuela, son unos de los más bajos. De allí que la educación ciertamente sea una profesión para pobres, porque somos nosotros los que sufrimos las mayores disfunciones del sistema social y del sistema educativo, y los que por lo general tenemos las mayores lagunas mentales para el momento de someternos a una “prueba interna” o a una “competencia de índices”. 

Estudiamos, no lo que queremos, sino lo que podemos. Y por lo general, lo que se puede es ser maestro o profesor. Sufrimos además de alucinaciones sociales: reeditamos la estúpida tradición de los mantuanos y sus títulos nobiliarios, y ahora nos empeñamos en un loco ascenso por títulos universitarios que no nos hacen ni investigadores educativos ni mejores seres humanos. Y que por el contrario, nos impiden mirarnos en los ojos de nuestros niños y jóvenes del barrio o de las comunidades originarias, o en las luchas populares de los más humildes trabajadores

4.    En Venezuela, el maestro rural fue en un tiempo el líder de sus comunidades. Pero esas hermosas manifestaciones de identidad social del educador con el pueblo del cual forma parte, hace muchos años quedó atrás. O al menos no son noticia del día a día venezolano. La mató la “sociedad educadora” con la anuencia del sistema capitalista expresado en el Estado burgués. Y como consecuencia de ello, hoy en día los maestros venezolanos pueden ser los seres más descontextualizados de su entorno social, ajenos e ignorantes de los problemas de sus propias comunidades, y eficaces promotores del pensamiento mágico o de las perspectivas subjetivistas y ramplonas que alejan a los individuos de una concepción integral del conocimiento científico. Los maestros venezolanos se han convertido en los promotores y coordinadores del show de fin de curso en donde se hace ovación de la cultura del consumo y de los males heredados del capitalismo.

5.    Sin embargo hay que decir que en nuestro país algunos soñadores han hecho esfuerzos ingentes por impulsar los cambios. Pero esos soñadores nunca han estado del lado del poder constituido, y cuando han llegado hasta él, las fuerzas poderosas del Estado oligárquico o burgués los han escupido violentamente. Y si no, revisemos las luchas de Simón Rodríguez. Pero sírvame de ejemplo -más o menos reciente- el Programa Nacional de Formación de Educadores, iniciativa revolucionaria ante la cual el poder omnívoro del para entonces vicepresidente de políticas académicas y rector de la UBV, en pleno auge de una política universitaria incluyente y progresista, reaccionó arteramente desincorporando al diseñador, Profesor Luis Eduardo Leal de las funciones que en calidad de voluntario venía ejerciendo dentro del Ministerio de Educación Universitaria, y destruyendo con ello el diseño inicial de la novedosa propuesta.

6.    En Venezuela, los trabajadores más humildes han recuperado sus rostros anónimos.  Ahora son noticia. Siguen, por supuesto las organizaciones sindicales descubriendo sus males, pero avanzan las bases de trabajadores más conscientes, en rescate de las verdaderas conquistas sociales: la justicia, la equidad y el trabajo cooperativo. En todos los rincones vemos gente despierta, presta, dispuesta al combate… No ya por sus elementales necesidades individuales, sino por la convicción de avanzar en la construcción de un proyecto de país concertado a través de ideales democráticos. Mientras una dirigencia avanza por milímetros, los colectivos populares marchan en cuadro apretado. Tampoco aquí, camarada, nos acompañan los estudiantes. Alguna responsabilidad de ello descansa también en la funesta labor del maestro, víctima y victimario en estos lances…

7.    También creo que la pasta con que nos formamos los educadores es la misma que modeló al resto de los trabajadores, pero a diferencia de lo que usted afirma sobre la capacidad de resistencia de los maestros mexicanos, no creo que el origen humilde de casi todos los maestros y profesores de este país les haya impedido traicionar la clase social de la cual venían. Pienso que la universidad venezolana, nacida como instrumento de socialización de las reglas del capitalismo en América Latina, cumplió su objetivo. Fue efectiva para enajenar a una significativa mayoría que ingenuamente entró en sus fauces. Les hizo creer que se “superaban” porque acumulaban información que ni siquiera era producida por ellos, sino importada de Europa o de EEUU. Les dio títulos y posibilidades de seguir en “ascenso”. Los hizo abandonar las escuelas porque “ya no se sentían cómodos entre tanta gente ignorante”. Los hizo mudarse de Caricuao al este de Caracas, en busca de ascenso social. En cambio, les negó la sensatez y la sabiduría, únicos aditivos con que el ser humano –pobre o rico- puede engrosar las filas del hombre nuevo, es decir, del hombre justo, honesto, creativo, soñador y emprendedor -inconforme eterno- y creyente por siempre en una sociedad cada vez más perfectible…

Camarada  Echeverría: la educación sigue siendo la reproducción de las estructuras injustas de estas sociedades desfalcadas por más de cinco centurias. Lejos de actuar como estrategia revolucionaria,  se constituye en la homogenización de una falsa perspectiva de la realidad. Más aún cuando los educadores no comprendemos que nos falta todo por aprender, y que poco tenemos que enseñar en realidad. Bastaría sólo con ayudar a los demás a reconocer la forma cómo cada quien aprende, y ser respetuoso de lo que cada quien quiere aprender en forma espontánea y armoniosa. Guiar a nuestros discípulos en la difícil tarea de reconocerse a sí mismos y respetar su esencial y sagrada naturaleza, ofreciéndole estrategias para expresar y argumentar sus propios y particulares puntos de vistas, proporcionándoles las herramientas y escenarios para acceder al conocimiento producido hasta ahora por los seres humanos.

Quizás algo de eso sostiene las tres décadas de luchas de los maestros de preescolar, primaria y secundaria de la Coordinadora (CNTE). Mi respeto por ellos. Yo podría decirles a esos camaradas entonces, parafraseando al Presidente Chávez, que allá lo están haciendo muy bien, pero que nosotros aquí no hemos alcanzado los objetivos “por ahora…”

TRAPOS Y HELECHOS: FUENTE PARA BEBER LAS PALABRAS


Dicen los enamorados de la palabra pronunciada, los que hurgan en el acto de habla el verdadero misterio del verbo, que la voz involucra el cuerpo. Dicen que hablar, en el mágico juego de la expresión auténtica, reproduce todos los tonos sensoriales posibles a los que puede acceder el alma humana. Dicen – incluso- que los testimonios enunciados son casi siempre una confidencia íntima, en la insoslayable maravilla de la imaginación, y que ella es el soporte único para poder encontrar las conexiones racionales en todos los hechos que nos rodean.

Eso dicen…

Y eso nos dice una y otra vez en sus sucesivas publicaciones Trapos y Helechos, convertida desde hace más de tres décadas en fuente inagotable para beber las palabras.

Su hacedor, su artífice, conoce el arte de la perseverancia. Sí, porque Trapos y Helechos antes de ser un impreso que reverenciaba la oralidad y la belleza  artística, se maceró en la lenta pero acuciosa experiencia vital de Antonio Trujillo. Su nombre mismo, hecho de jirones viejos y de naturaleza, surgió de los caminos transitados por Antonio, por allá por los senderos florecidos de la geografía altomirandina, viajero eterno de la niebla en el sagrado ejercicio de la poesía y de la crónica.

Por eso Trapos y Helechos no podía respirar otro aliento que el de la oralidad, ni podía  nutrirse de un alimento distinto al que le ha proporcionado siempre la poesía en labios del comunero, en la palabra cincelada de poetas y escritores conscientes de las miles de voces antiguas que pueblan sus cantos, sus historias y sus ensayos, o en la proyección fotográfica de un pasado detenido en un instante eterno que tiene música, olores y sensaciones táctiles para el que mira, escucha y siente imágenes, cada espacio testimonial o simplemente experimenta la magia ritual de un poema.

¿Quién que haya abierto las páginas de cualquier número de Trapos y Helechos no se ha sentido de pronto azotado por coletazos de neblina? ¿Quién, frente a un retrato al daguerrotipo no ha percibido olor a gomina? Y todo gracias al efecto maravilloso de una publicación en blanco y negro, y de un espacio vital que interroga nuestro propio y particular pasado a través de la expresión sencilla del pueblo de San Antonio de Los Altos.

¿Y cómo puede el texto impreso dar razón de la enunciación, y activar en nosotros la percepción del espacio-tiempo humano en el concierto armónico de tantos códigos? ¿En qué instante y a través de qué mecanismos el poeta trasmuta en cronista, y se hace editor, venciendo obstáculos ingentes durante más de tres décadas y realizando el acto cristiano – tal y como él mismo lo define- de regalarnos una revista única en su estilo y excepcional en su propósito? ¿Cómo escapa Antonio al apresuramiento editorialista y a la ilusión del ultra modernismo? ¿Y cómo desde los vestigios dispersos y los verdes helechos altomirandinos, Trapos y Helechos  hace reseña de lo nacional y se hace universal?

Todas las respuestas descansan en esa maravillosa manifestación humana que hoy nombramos como literatura, y a la que pretendemos asir en el texto impreso, pero que siempre se  escapa y va más allá de él porque  se origina en la insaciable capacidad de los hombres por interiorizar la realidad y simbolizarla.
Antonio Trujillo comprendió hace ya mucho tiempo que la literatura siempre desafía el canal que la contiene, y con la dedicación del artista, la hizo acompañar de nuevos códigos. Por ello guarda para ella el blanco y negro de la imagen y huye de la retórica verbal y visual que el falso progreso impuso en los finales de siglo veinte y los albores del siglo veintiuno. De ese modo siempre nos recuerda su origen mítico y sagrado.

Y no sólo se conformó con eso, Antonio siempre se exigió una calidad especial para sus páginas. En ocasiones, pliegos de papel de mayor grosor, agradables a la vista y al tacto, hojas lisas y brillantes… erigidas siempre en reproches vivientes de su propia preparación, pero en sí mismas y de acuerdo con lo impecable del impreso, absolutamente irreprochables.

Y tal es el milagro que brota de tanto empeño editorial, que declarándose el poeta editor vencido ante el avance incesante del desarrollismo, el cual se oculta bajo el concepto de modernismo, sólo la poesía es capaz de sentenciar -ceñuda y lapidaria- a través de la voz del mismo Antonio, la desacralización de esa humanidad que olvidó su origen:

Ustedes ganaron:
constructores, comerciantes,
munícipes sin leyes
ni ordenanzas
para los ojos del paisaje.

Y nosotros vencidos frente
a la orfandad de las colinas
de las viejas casas y su magnolia.

Sin Árbol
pulcro sobre el naciente.

Ustedes ganaron, sacerdotes,
falsos ecólogos, cronistas del rey
leguleyos, amigos de la canción
que olvida su propia historia.

Mientras la mariposa azul
De los caminos, se posa, duerme
Sobre las plantas de tratamiento.

En verdad, ustedes ganaron
Y Dios retira el mar, su fuerza.


Y todo esto es posible alejado del academicismo desde el cual también esta falsa idea de progreso ha hecho víctima a la literatura. Trapos y Helechos es impensable en los fríos espacios de la academia de hoy, extasiada en logros personales y en prebendas. Porque también de ella - de la literatura encasillada en corrientes y tendencias, de esa que sirve como excusa para el turismo académico de muchos pseudo investigadores y pseudo intelectuales– también Dios retiró el mar, y su fuerza.

Y sólo por eso hoy rendimos homenaje a lo colectivo también en la acción del editor que es Antonio. Porque ese hombre sencillo y auténtico, ese caminante observador, crítico agudo, narrador excepcional, fabuloso escucha… auténtico poeta, ha encontrado la forma idónea de seleccionar textos adecuados a los propósitos de la revista, ha logrado imprimir la expresión de lo específicamente humano, es decir, la capacidad de simbolizar y metaforizar la realidad bajo la sugerencia de distintos códigos artísticos.

Gracias a Antonio Trujillo por ese milagro que siempre ha sido Trapos y Helechos, y gracias a estas nuevas instituciones y a estos nuevos funcionarios públicos por guardarle al poeta, cronista y editor, el lugar que se merece. Y gracias a todos ustedes por la compañía que ahora brindan en este acto hermoso que al igual que las coplas poéticas y los cantos de danza de nuestros pueblos pemones, ha escogido las alturas. En esta ocasión privilegiada: la montaña ancestral del Guaraira Repano.

Las ciudades interiores y los espacios de la melancolía


Bajo la escritura limpia y precisa de Fernando Guzmán, Teresa de La Parra vuelve a hablarnos desde aquel espacio-tiempo que ella reconstruyó para re significar su realidad y la de los suyos, vuelve a manifestar su insatisfacción por las convenciones sociales, a sufrir la vitalidad perdida, a aislarse de lo profano en un sanatorio para tuberculosos y a diluir su dolor en el acto creador. Ahora bajo la mirada de un crítico que se afana en percibir regularidades, y que categoriza la expresión verbal de la escritora para describir un espacio vital, que en el caso de la producción artística, trasciende lo individual para convertirse en auténticamente humano.

Cualquier reconstrucción artística de la realidad hecha a partir de la percepción de mundos psíquicos o “ciudades interiores”, sugiere intenciones que configuran aspectos clave en la vida del escritor, ya que la naturaleza del hecho literario es social, y surge de la tendencia innata de los seres humanos para conferirle sentido a su realidad y a la realidad de sus congéneres, con un propósito consciente o inconsciente de cohesión grupal.

Por ello hurgar en el génesis del discurso literario es siempre una exploración fascinante que nos devuelve un poco de nosotros mismos. Tal y como lo señala Searle, la forma más simple de un acontecimiento social revela formas también simples de conductas colectivas, las cuales son indiscutiblemente biológicas y actúan siempre como mecanismo de adaptación.

Las ciudades interiores y los espacios de la melancolía en Teresa de la Parra  nos sumerge en un ámbito pocas veces visitado por los críticos, y cuya referencia sólo se formula como anecdotario para aludir aspectos autobiográficos inherentes en las obras literarias.  El ensayo de Fernando Guzmán nos hace cruzar el umbral de lo aparentemente obvio para encontrar hallazgos lingüísticos que no sólo son recurrentes en la producción artística de la joven escritora venezolana, sino que suelen enseñorearse en los escritos de todos los seres humanos sujetos a una de “las cuatro contingencias descritas por Buda” y referida por el autor de la obra: la enfermedad.

En esta nueva lectura el autor no sólo explora las producciones literarias de Teresa de La Parra, particularmente Ifigenia y Memorias de Mamá Blanca, sino que avanza meticuloso auscultando el diario y las cartas de la escritora para acompañar  y constatar la función epistemológica de la escritura, que en la autora venezolana actúa más que en ningún otro artista de la palabra, como un ritual de adaptación, en virtud de la proximidad de la muerte. Una vez más la literatura, como hecho social intencional, tiende su poder cohesivo, en la medida en que puede convertirse en vehículo de una actitud vital gestada a partir de la persistencia de ciertas condiciones objetivas que estructuran la conciencia.

También corrobora Guzmán en su empresa, el poco alcance de la perspectiva literaria que clasifica tendencias o movimientos artísticos cuando el resorte vital del acto creador entre otros “detonantes” se encuentra fundamentalmente impactado por la enfermedad.

Y he aquí uno de los mayores méritos de la obra Las ciudades interiores y los espacios de la melancolía en Teresa de la Parra de Fernando Guzmán: las implicaciones que este estudio tiene en la asignación de funciones que nuestra sociedad ha venido otorgándole al discurso literario, y que pudiera estar condicionando la forma en que actualmente hacemos mediación de los discursos literarios, y en consecuencia, producimos el acercamiento o distanciamiento de los colectivos sociales al sistema institucional que se ha erigido en torno a la comunicación literaria.

Y precisamente en el marco de la comunicación literaria, quizás la visita que Guzmán hace a una escritora tan afamada y de quien tanto se ha dicho y se ha escrito, tiene mucho de hazaña y osadía. Hablar de su escritura bajo el prisma de la enfermedad, no es otra cosa que rescatar la intencionalidad colectiva intrínseca de la que la nos habla Searle en una de sus  última obras, La construcción de la realidad social, y la cual constituye según el filósofo y lingüista norteamericano, una de las principales condiciones para que un hecho social logre institucionalizarse.

Rescatar la literatura como acto de habla ritual que lleva inmerso un sentido de adaptación y de cohesión y reinstalar una lógica comunicativa de carácter literario, en donde la obra literaria sea expresión de lo universalmente humano bajo el uso diverso de los símbolos socio-culturales y las metáforas que somos capaces de construir, son tareas en las cuales la crítica y la teoría literaria tienen mucho que explorar y mucho que decir aún. Por eso, la obra que hoy nos entrega Fernando Guzmán constituye no sólo un acierto retórico de carácter argumentativo, sino también una contribución fresca y auténtica que permite una aproximación seria a los vínculos entre los procesos orgánicos patológicos de los seres humanos y el acto creador.

Queda aún abierto el sendero para que desempolvemos los viejos catalejos y comencemos a acercarnos a ese espacio aún no revelado de la interioridad humana que constituye la creación literaria. Y quizás haga falta hacerlo con esas herramientas primarias que la humanidad construyó, alejados del aparataje tecnológico que nos ha vendido el progreso contemporáneo, porque el origen del acto verbal creativo y esencial, es quizás una de las acciones más sencillas de las que todos los seres humanos podemos ser portadores.

Fernando Guzmán nos lo demuestra en esta sencilla pero profunda aproximación a los procesos de producción escritural de nuestra Teresa de La Parra.

UNA MIRADA SOBRE LAS NUEVAS MIRADAS EN TORNO A DRÁCULA


Cuando como lectores enamorados de la experiencia literaria tenemos la privilegiada ocasión de observar las diversas perspectivas con que se aborda un texto literario de la trascendencia de Drácula de Bram Stoker, pareciera que estamos en la ocasión de ganarles un palmo a los críticos en el afán de reconstruir el entramado orgánico con que una obra literaria palpita y se niega a morir a pesar del tiempo, y lucha silenciosa para no contradecir una verdad intertextual que flota imperceptible frente a otras creaciones literarias pertenecientes a otras culturas y otras cosmogonías.

Tal fue la fibra poderosísima con que el libro Nuevas Miradas en torno a Drácula tejió su urdimbre maravillosa para señalar no sólo un ritual de lectura occidental –tal y como certeramente lo indica el presentador del texto- sino también una invitación espontánea hacia la naturaleza universal de lo literario como mecanismo de aproximación a la complejidad psicológica del ser humano, que es fundamentalmente  desde mi óptica particular, la única razón de resguardo y protección que merece el ejercicio literario hoy en día.

Desde esta dimensión, los diversos abordajes emprendidos por estos lectores críticos de la obra de Stoker, las distintas puertas que abren y dejan entreabiertas provocadoramente, en manifiesta incitación a nuevas lecturas, pertenecen indiscutiblemente al advenimiento de una novedosa y necesaria forma de entender la literatura, y de impedir – a tiempo- su muerte definitiva merced al desarrollo creciente de una humanidad intencionalmente encaminada hacia la pérdida de su capacidad de reflexionar sobre sí misma.

En mi lectura de Nuevas miradas en torno a Drácula, huyo de la anécdota y de la de la fantasía para rescatar el ejercicio crítico que sobre la literatura siempre descansa en la concepción mítica del hombre. Por ello reclamo en la aventura de su lectura, la razón de ser y la funcionalidad del hecho literario.

La literatura ha constituido desde su origen una construcción simbólica surgida de la interiorización y transformación de la realidad,  reflejando en cada época o período de la historia humana, su  particular y determinado espacio-tiempo perceptivo, lo que la ha hecho portadora de una habilidad particular para intuir, revelar –y hasta predecir- los espacios más recónditos de nuestra naturaleza biológica y social. En consecuencia, su lectura opera como un sistema de mediación cultural de impresiones cognoscitivas en las cuales se establece una dependencia funcional entre el pensamiento relacional y el pensamiento simbólico sugerido por un texto literario.

De allí que el acercamiento de los seres humanos a la literatura, no sea otra cosa que un mecanismo eminentemente social que permite trazar rastros fisiológicos en la memoria a largo plazo y substratos estables de memoria inmediata en los individuos receptores, los cuales lo capacitan para percibir propiedades inherentes al texto literario, y en forma progresiva, una visión integral de los fenómenos socio-culturales de su época y de otras épocas reflejados en las obras artísticas.

En la medida en que ejercitamos esa habilidad de lectura integradora de nuestra consciencia histórica a través de la literatura, pareciera que exploramos con mayor grado de agudeza y pericia nuestro propio mundo interior, rescatando esas verdades universales que borran etnias y nacionalidades, y nos devuelven nuestra única y maravillosa condición humana.

Nuevas miradas en torno a Drácula vuelve a escanciar la odre de aquel texto literario, dejando fluir el significado mítico de su trama de finales del siglo diecinueve, en el transcurrir histórico de algo más de una centuria, y constituyéndose en fuente reveladora de grandes temas universales que exploran desde las diversas y divergentes fuentes del conocimiento humano, el papel evolutivo de la mujer en las manifestaciones literarias, el erotismo como expresión de la tensión entre discontinuidad y continuidad humana, el carácter lúdico de la lectura en la reconstrucción de su estructura, la psiquis humana en su dimensión patológica y racional, hasta la exploración de las relaciones entre lo verbal y lo icónico en la producción de Drácula en adaptaciones de historietas.

Maravillosa fermentación. Extraordinaria hazaña de lectura que postula la verdadera funcionalidad del fenómeno literario.