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sábado, 18 de agosto de 2012

Humillar al maestro



Ninguna excusa puede esgrimir el actual gobierno para seguir manteniendo al gremio de los educadores venezolanos en condiciones humillantes: una retribución económica precaria, un ambiente laboral depauperado en el plano material y ético, una formación universitaria descontextualizada y sin fundamentos científico-pedagógicos, una actividad administrativa inoperante y torpe que violenta el marco jurídico vigente, una ausencia casi total de asistencia médico-hospitalaria, y por si fuese poco, un permanente incumplimiento de los pírricos convenios contractuales alcanzados por sindicatos patronales.

Lastima leer la angustia y desesperación con las que nuestros colegas manifiestan en las páginas digitales, su molestia por la tardanza en la cancelación del bono vacacional, al tiempo que claman por el regreso de Aristóbulo Istúriz a la cartera ministerial de educación como posible salida exitosa al maltrato con que posteriores funcionarios públicos han atribulado al gremio docente.

¿Es posible que una persona pueda coadyuvar en la formación de un pensamiento integral, si ella misma carece de procesos cognitivos que identifiquen cabalmente el origen de los diversos factores que promueven la ocurrencia de un fenómeno?

Es indudable que esto no es posible. Nadie puede mediar la formación de esquemas eficientes y efectivos de pensamiento, si ella misma se encuentra desprovista de ellos. Creer, por ejemplo, que un individuo al frente de un cargo público puede garantizarnos el respeto que merecemos como trabajadores al servicio de la formación humana e intelectual del pueblo venezolano, no es más que sostener peligrosamente un pensamiento anecdótico que evade la racionalización objetiva del conflicto e ignora la existencia y manifestaciones de un sistema económico al servicio de la producción de mano de obra barata para el mercado.

Nada es casual dentro del sistema capitalista en el cual vivimos. Nada es casual ni inocente. Y pareciera que no sólo a los gobiernos cuartorrepublicanos les interesa poseer un gremio docente acrítico, sino que también la llamada quinta república apuesta por la permanencia de este tipo de males dentro de las personas destinadas a impulsar la producción de conocimientos dentro de los colectivos sociales.

Mientras declarativamente se anuncia una educación “emancipadora” y con “autonomía cognitiva”, el Estado sigue permitiendo que las instituciones formadoras de maestros -incluyendo las que abanderan las misiones educativas bolivarianas- egresen docentes con graves deficiencias cognitivas y con elevados niveles de enajenación socio-cultural. Pregúntele usted a un maestro recién egresado de la UPEL o del Programa Nacional de Formación de Educadores de la Misión Sucre - por nombrar dos tendencias de formación emblemáticas- por la naturaleza de su praxis educativa y su fundamentación pedagógica en el actual escenario histórico venezolano, y comprenderá perfectamente a qué me refiero.

Mientras declarativamente se celebra el advenimiento de una educación bolivariana, en la práctica se siguen consolidando hábitos administrativos y actividades educativas castradoras y enajenantes, las cuales hacen posible la existencia de funcionarios de dudosa calidad profesional en todos los niveles del subsistema educativo, violentando no sólo el marco jurídico que aún rige en el sector, sino también los principios más elementales de justicia y equidad que todo ser humano debe asumir en la toma de decisiones.
Mientras declarativamente el gobierno anuncia la firma de contratos colectivos justos para los maestros, los gremios patronales que aún nos “representan”, entregan sin el más mínimo rubor las pocas reivindicaciones que hasta ahora se habían alcanzado. El ingreso a un cargo se encuentra actualmente supeditado al antojo de los funcionarios de turno, mientras que el cumplimiento de convenios de larga data, en los actuales momentos se encuentran a merced de las “supuestas posibilidades presupuestarias del ministerio”.

¿Qué ciudadanos pueden surgir de un sistema educativo plagado de males?

La respuesta, al parecer la tiene inequívocamente el Estado, necesitado siempre de rebaños que garanticen la permanencia de reproductores del mismo sistema y de una u otra tendencia partidista, clientelista y/o nepotista dentro de los distintos organismos gubernamentales. Por eso disfrutan viendo de rodillas al maestro clamando por el pago del salario, amordazado por el logro de una supuesta estabilidad laboral o atado de manos por el  agobiante ejercicio educativo que le impide organizarse y asumir dignamente la resistencia ante los atropellos que recibe.

No le queda a uno más que desear que llegue al fin la insurrección, que el maestro descubra su rostro indio, campesino y obrero, que el maestro se sienta pueblo y se una abiertamente a sus causas por una sociedad sin jerarquías ni trampas mentales, una sociedad que definitivamente renuncie a explotar al hombre y los recursos naturales de la tierra para dejar de ser cada día menos abyecta y miserable.

viernes, 18 de mayo de 2012

Sabino Romero y la lucha por la tierra

Da vergüenza escuchar que en pleno siglo XXI y a más de doce años de un gobierno pretendidamente socialista, todavía nuestros pueblos originarios sigan siendo víctimas de un pensamiento colonizador que no se nos asfixió en los genes durante los procesos independentistas, ni mucho menos en los procesos de mestizaje ocurridos en las sucesivas repúblicas.

Y la vergüenza se apareja con la rabia. Una rabia contra uno mismo por permitir que aún ocurra esto. Por guardar ese silencio estúpido que siempre se nos pide con cada evento electoral y con cada coyuntura política.

Desde hace algunos días, Caracas, territorio ancestral de muchos guerreros muertos, recibió nuevamente la visita de Sabino Romero y de su familia. Vienen desde Machiques a encontrarse con nosotros y a mirarnos directo a la conciencia. “Si vamos a ser revolucionarios, clama el cacique Romero, vamos a serlo desde el corazón. Yo estoy luchando por la demarcación del territorio de la Sierra de Perijá y por eso me llaman malandro, matón, ladrón de ganado… ¡Tirofijo!”.

Y es que Sabino heredó las luchas de sus padres, de sus abuelos y de todos sus ancestros por el territorio que les pertenece por razones históricas, pero el cual aún se constituye en blanco de la codicia occidental del mestizo, voracidad insaciable que lo lleva siempre a hurgar en el vientre mismo de la tierra para arrebatarle, sin miramientos de ningún tipo, sus minerales…

En una tarde extrañamente serena en Caracas se alzan las voces dolidas de los yukpas nombrando a sus muertos, a todos los caídos por manos de terrófagos, ganaderos y militares… Y duele hondo percibir cómo el pecho de Guillermina Romero se agita cuando su padre nombra a su esposo y relata la forma en que recientemente fue asesinado. Guillermina está embarazada y tiene tres hijos más que han quedado sin padre. “Yo digo al Presidente Chávez que nos apoye. Yo digo a Caracas que nos apoye. En Caracas estamos diciendo la verdad. No estamos echando mentiras”.

No existen hasta la fecha pesquisas policiales que den con los responsables de la muerte del esposo de Guillermina y la del otro compañero yukpa. Pero las armas con las que los masacraron sólo pueden encontrarse en manos de ganaderos y militares. Y aparejada a la ausencia de investigaciones, los funcionarios del Estado venezolano criminalizan y asedian a Sabino Romero y a quienes lo apoyan.

Pero Caracas no se ha quedado sorda. No puede hacerlo. También por razones históricas Caracas nació rebelde, y muchos de sus hijos mestizos y urbanos han ido a la Sierra de Perijá para ver de cerca la verdad de Sabino. Uno a uno toma la palabra para reencontrar en el relato de Sabino y de sus hijas, su propia tragedia cotidiana. Unos compañeros milicianos que vienen también del Zulia a buscar apoyo para sus luchas reivindicativas, escuchan al hermano y renuncian a hablar de sí mismos para solidarizarse con su lucha. Una mujer de voz suave pero de temple de acero nos habla de los males que minan los ministerios y su funcionariado. Otra nos advierte sobre los desatinos de la llamada Ley de Desarme o Antiterrorista, de acuerdo con la línea internacionalista pro capitalista. Leonardo, el catire, con verbo sencillo pero auténtico, nos da fe del debate sostenido por un colectivo de hombres y mujeres caraqueños en torno a la farsa auspiciada a través del documento de demarcación en el cual se le conceden derechos a “terceros” dentro del territorio yukpa. Un luchador humilde del Frente de Inquilinos de Caracas se levanta solo para extender su mano a Sabino…

Así es Caracas. Un territorio en esencia solidario y amigo.

Pero… ¿Qué pasa en el seno de la institucionalidad de nuestro gobierno? ¿Por qué algunos funcionarios de Agrovenezuela atacan a Sabino y a su familia? ¿Cuáles son las razones para que se les ofrezcan prebendas a algunos indígenas para que actúen bajo instrucciones de funcionarios públicos? ¿Quién es realmente Nicia Maldonado y en función de qué intereses se mueve esta compañera indígena?

Uno presiente las respuestas. Y quisiera mirar a Sabino Romero y a su familia sin sentir vergüenza por todo lo que le quitamos y que aún no hemos sabido retribuirle… Porque ciertamente algo nos dice que para que exista una verdadera revolución, para que no se nos vaya de nuevo de las manos una posibilidad de salvación humana, es necesario poder mirar a los ojos de nuestros indígenas sin sentir esta vergüenza.

¡No! ¡Que no se nos vaya la revolución!

Y ella sólo se irá si nos acostumbramos a guardar silencio y a ignorar la verdad que viven nuestros hermanos. Entonces sí, más temprano que tarde, por nuestras omisiones también nos haremos cómplices de otro proceso traicionado, de otra derrota histórica en contra de las luchas populares.

¡Qué viva Sabino Romero! ¡Que no logren jamás acabar con la dignidad del pueblo indígena yukpa que él encarna! ¡Que en el vientre de todas las mujeres de todos los pueblos indígenas y en el nuestro propio, haya germinado la voz de rebeldía ancestral de aquellos primeros hombres que poblaron este inmenso y vasto territorio hecho sólo para la libertad.

No conocemos otro camino. ¡Siempre libres!

martes, 26 de abril de 2011

El arte de “pecheriar” al Presidente Chávez

Hace escasas semanas el Presidente Chávez – en su real-maravilloso estado de ingenuidad- nos pidió que lo “pecheriáramos” (sujetáramos fuertemente por la pechera en señal de reclamo), y agradeció la oportunidad que habían generado las lluvias, con sus miles de damnificados, como una ocasión afortunada para la resolución de las urgencias del pueblo.

Bonito discurso el de nuestro principal líder político. Lo cierto es que la oportunidad que tenemos los ciudadanos promedio de “pecheriar” al Presidente, tal y como supuestamente lo hizo la encargada de la cocina en Miraflores, es prácticamente nula.

¿Cómo manifestarle al Presidente nuestra indignación y rechazo absoluto ante la súbita deportación del camarada Joaquín Pérez Becerra? ¿Cómo solicitarle una explicación ante una medida de tal naturaleza? ¿Cómo levantar nuestra voz de indignación ante el silencio que las instituciones del Estado han guardado por este hecho? ¿Cómo rechazar el trato irrespetuoso que el Presidente demuestra hacia el Partido Comunista de Venezuela y sus principales líderes, cuando no somete a consulta una acción de tanta envergadura y trascendencia? ¿De qué alianza patriótica estaríamos hablando? ¿De esa que se urde como maquinaria electorera, esa misma que se denuncia en las cinco Líneas Políticas que se nos dieron para la discusión?

Ciertamente que no es ese el giro que los militantes de izquierda escogimos seguir y respaldar. No son esos los mecanismos ni las estrategias de lucha revolucionaria y antimperialista. Y lo más grave es que este hecho no es aislado, este nuevo evento forma parte de un conjunto de acciones equivocadas que en esta materia viene realizando el Gobierno venezolano, las cuales se expresaron por ejemplo en la deportación de los camaradas vascos, la debilidad frente al secuestro en nuestro propio territorio de Granda, y hasta las falacias jurídicas urdidas contra nuestros propios líderes indígenas en lucha contra militares y ganaderos terrófagos.

Hasta ahora he tragado entero y digerido con paciencia estos sucesos pensando que la revolución reclama tiempo y madurez política. Asimismo he soportado personalmente el sostenido maltrato que los pseudo dirigentes regionales del PSUV y los funcionarios públicos supuestamente “chavistas” me han propinado en los distintos escenarios en donde he intentado impulsar acciones de lucha revolucionaria: en el plano laboral al frente de mi labor como educadora, en la organización comunitaria y en la militancia misma del PSUV.

La conclusión que tengo en torno a la participación, es que somos invisibles para el partido, y nos hacemos visibles sólo para engrosar una marcha o abarrotar los centros electorales. Y para los funcionarios públicos, somos poco menos que marionetas que ellos pretenden mover a su antojo, so pena de endilgarte el calificativo de “saltalanquera” o “contrarrevolucionario” si osas discutir la legalidad o sentido de justicia de sus procederes.

Mis derechos laborales en la Zona Educativa de Miranda, por ejemplo, han sido vulnerados por un Jefe de Personal sin formación política ni humana, que ha convertido la Torre Británica que le sirve de sede en Altamira a esta dependencia del Ministerio del Poder Popular para la Educación, en lo que la gran mayoría de los educadores nombramos como la Torre Satánica, en virtud de los abusos y humillaciones constantes a las que somos sometidos.

Pero frente a todo esto me consolaba diciendo que teníamos un gobierno digno en cuanto a postura internacional antiimperialista, un gobierno incapaz de establecer alianzas por encima de la dignidad de los seres humanos, y por encima del sentido revolucionario de cualquier ciudadano.

Alguien decía irónicamente -vía twitter- que si el Che viviera en estos tiempos, y se le ocurriera venir a Venezuela, el gobierno “bolivariano” de seguro lo entregaría al imperio por terrorista. Resulta doloroso oír eso, pero los hechos de hoy, no contradicen esa afirmación.

Sinceramente me avergüenzo de pertenecer a un partido que no levanta la voz para diferir del Presidente y exigirle una explicación clara y pública de estos hechos. Todavía espero escuchar un pronunciamiento. De lo contrario, solicitaré me informen el modo de salir de sus filas, como una manifestación de protesta ante su falta de autonomía y su falta de capacidad crítica. Tal y como dijo el mismo Presidente, lo parafraseo: “Con un partido así, yo no voy para ninguna parte”. Mucho menos Venezuela.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

El balance necesario: El diablo anda en los "pequeños detalles"

El revés sufrido por el proceso revolucionario bolivariano ante el rechazo de la propuesta para la reforma de nuestra Constitución, introducida por el Presidente Hugo R. Chávez Frías, es un hecho que reclama reflexión y sentido crítico. Para ello es absolutamente necesario divorciarnos de la emocionalidad que suele acompañar estas situaciones, si es que aspiramos a reorientar nuestras acciones en la búsqueda de un sistema social más justo y eficiente.

Particularmente pienso que cualquier análisis debe partir de la consideración de la naturaleza de la propuesta y de su sistema de recepción. La reforma constitucional, en esencia, intentaba acelerar el proceso de protagonismo social que se había venido activando a través de la promoción de los Consejos Comunales. No obstante, no fue esa la percepción del ciudadano promedio venezolano, poco lector y asiduo expectador de medios televisivos privados que marcaron una matriz de opinión desfigurada y falsa. Los medios se encargaron de dimensionar la supuesta vocación de dictador del Presidente, la situación de inseguridad reinante en el país, el desabastecimiento en rubros alimenticios significativos, la ineficiencia y la corrupción administrativa... Y ante este contexto social, de innegable referencia en alguno de los casos, la oposición lanzaba discursos permanentes sobre la inutilidad de la reforma: “¿Por qué disminuir la jornada laboral, si todos los venezolanos debemos trabajar cada día más para sacar adelante el país? ¿Qué artículo de la reforma disminuye el auge de la delincuencia?¿Cuál ataca el problema del desabastecimiento o la corrupción administrativa?...” La memoria a corto plazo era la única responsable de ofrecer una respuesta a preguntas de esta naturaleza.

Y hacia los intersticios de nuestras organizaciones comunitarias: un pueblo aún en aprendizaje de procesos de organización, planificación y administración de recursos, y con escasa formación ideológica. Un pueblo que aún no termina de comprender la importancia de la participación, porque la relaciona con la politiquería y el proselitismo partidista; hecho que en la práctica, también tiene un correlato referencial auténtico, porque no es falso que en ocasiones se empleen estas organizaciones como apéndices operativos de funcionarios públicos o del naciente partido de la revolución.

Indudablemente que la propuesta presidencial ignoró flagrantemente la naturaleza del pueblo venezolano, sobreestimó el nexo afectivo entre el Presidente y el electorado, y particularmente, no concedió la importancia debida al enorme impacto que los medios de comunicación ejercen sobre los procesos cognitivos de la población venezolana.

Si García Márquez alguna vez nos deslumbró con su gran metáfora macondiana de los cien años de soledad, los medios de comunicación han logrado construir el más sofisticado instrumento de penetración ideológica que el ser humano haya enfrentado hasta ahora: Son los medios de comunicación los que marcan las opiniones y perspectivas de los ciudadanos. Ellos, los que nos dicen qué, como, por qué y para qué pensar. Y de esto no escapa nadie - ni quién esto escribe - salvo en los casos que, seriamente, nos dedicamos a tomar antídotos, es decir, en los casos en que aguzamos nuestra observación, activamos nuestra memoria a largo plazo e ingerimos fuertes dosis de lectura. Sólo así solemos escapar de la opresión ideológica que ejercen los sistemas de dominación. Y es éste el punto al cual pretende llegar mi reflexión: Sólo si logramos formar seres humanos conscientes, podremos emprender la construcción de sistemas sociales más equilibrados. Nos lo dijo Simón Rodríguez hace más de dos centurias, y aún no logramos entenderlo. Discurseamos sobre él, lo empleamos de bandera para uno que otra misión “educativa”, pero no diseñamos sistemas operativos eficientes que demuestren en la práctica que hemos escuchado su voz y que nuestras actuaciones van ceñidas a la certeza de su ideario educativo transformador.

Pero como todo revés viene acompañado de circunstancias reveladoras y potencialmente edificantes, el nuestro ha sido hasta ahora, uno de los fracasos más fructíferos y alentadores: Nadie, en su sano juicio, podría ya hablar de que el líder presidencial es un dictador; el árbitro comisional, miles de veces vilipendiado, ocupa hoy un sitial de honor; la posibilidad de guarimbas y protestas para descomponer - aún más - el ambiente urbano, quedan momentáneamente diferidas; la oposición reconoce hoy en día la constitución que no hace mucho combatió e injurió; se rechaza una reforma que probablemente no estábamos preparados para llevarla a la realidad... Y sobre todo: más de cuatro millones de venezolanos apuestan por la transformación de su modo de vida, y un grupo significativo de ellos se encuentra potencialmente habilitado para ofrecer mecanismos que logren desintoxicar la memoria colectiva de los pueblos.

Yo invito a reconsiderar el papel que ha venido cumpliendo el funcionario público de este gobierno, así como a evaluar los mecanismos nepóticos y clientelistas con que funciona la administración pública, y en particular, el ámbito educativo y cultural. Nadie que no sea capaz de producir, implementar y evaluar proyectos educativos eficientes, merece ocupar un puesto público en el sistema educativo y cultural. Encaminémonos hacia allá. Dirijamos nuestros esfuerzos en la producción de sistemas que puedan ser controlados regularmente, y que se encuentren sustentados bajo criterios racionales que respeten los aportes pedagógicos que hasta ahora se han alcanzado. Creo, junto a Carlos Lanz, que si no logramos transformar el escenario cultural venezolano, jamás lograremos vencer el germen del egoísmo, el individualismo, el afán protagónico y todos los males que se expresan como manifestaciones sociales del capitalismo.

Una vez más, agradezco poder vivir estos tiempos, reflexionarlos y sentir que surgen múltiples posibilidades de superación de nuestros males. Bienvenido el escollo, si él nos invita a reconsiderar nuestra actuación y a marcar, con buen tino, nuestras estrategias operativas. Nada de esto depende de la oposición venezolana. Todo se encuentra en nuestras manos.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

La estrategia ofensiva de Iris Varela

Quiero expresar, en primer lugar, que no me inscribo en las filas de las élites que acusan de “violencia inaceptable” las acciones de carácter físico y verbal que pueda esgrimir un ser humano en condiciones de impotencia e indignación, dejando de lado la violencia soterrada que se ejerce en forma sostenida sobre ese mismo individuo. Con ello no pretendo justificar la violencia, pero sí aproximarme al análisis de las situaciones que la produjeron.

La reflexión viene a lugar en ocasión de la situación protagonizada por la diputada Iris Varela, ante el empleo sucio y vil que el periodista Azócar hizo de un aspecto de la vida privada de esta conocida revolucionaria.

Su reacción violenta, aprovechada por medios de comunicación oposicionistas y terriblemente manejada por el compañero de “Periodistas por la Verdad”, no sólo obedece a una situación afectiva de profundas y respetables dimensiones humanas, sino que es producto de un fenómeno que ha venido afectando la nación. Se trata del fenómeno de la victimización.

Podría pensarse que Iris Varela, Luis Tascón, Juan Barreto, Freddy Bernal... el mismo Presidente Chávez, son ciudadanos envestidos de jerarquía y poder, facultades que les permiten asumir la defensa de sus intereses cuando ellos están en juego. La realidad, en la Venezuela de hoy, es totalmente distinta. Cada vez que estos ciudadanos son “atacados” por los mal llamados políticos y periodistas politiqueros de nuestro país, se convierten en los individuos más vulnerables, precisamente por el hecho de ser figuras públicas. Frente a los insultos, infundios y vilipendios construidos por los actores oposicionistas, deben evaluar sus reacciones, por cuanto ellas suponen un conjunto complejísimo de consecuencias que pueden afectar el proceso revolucionario que venimos impulsando.

No tengo la menor duda de que tanto Iris como cualquiera de nuestros líderes revolucionarios, se cohiben en repetidas ocasiones de ejercer su legítimo derecho a la defensa, para evitar con ello la victimización del oponente, quien en todo caso siempre alegará ser un perseguido político, ya que posee una cobertura mediática para “vender” esta matriz de opinión. Es por ello que asumo la defensa de la actitud de Iris Varela, no ya en solidaridad con el sentimiento materno que nos une a ella, sino en virtud de que considero que es un personaje público al cual se le ha sometido a un continuo y consecuente proceso de difamación, inaceptable bajo el código de ética del ejercicio del periodismo, pero empleado inescrupulosamente como estrategia de avance de la oposición.

No son agradables, por supuesto, las imágenes de una diputada fuera de control, que agrede a un periodista - aunque uno ponga en duda si merezca recibir tal denominación - y por ello recibo respetuosamente las disculpas que esta compañera envía al pueblo venezolano.

Ahora bien... ¿Cómo actuar frente a seres humanos que no tienen límite alguno en su afán de descalificar a los funcionarios gubernamentales, para lograr que el ciudadano promedio venezolano repudie sus actuaciones? En el caso de Iris Varela, la introducción de una demanda, no haría otra cosa que darle vida a un periodista mediocre, que haciendo alarde de una mal llamada libertad de expresión, asumiría escaños dentro de los tristes liderazgos que alcanzan los oposicionistas. La diputada, a pesar de su ira y de la emotividad con que acompañó sus acciones, reflexionó sobre esto, e incluso se lo gritó al periodista. Optó por la actuación simple y llana de una mujer ofendida en lo más sagrado de su esencia, se condujo como un ser humano al cual se le irrespeta su condición de dolor materno.

¡Qué vergüenza...! ¡Qué vergüenza...! - gritaban las estudiantes y fans del joven Goicochea, cuando los estudiantes revolucionarios del Instituto Pedagógico de Caracas, manifestaron su deseo de convertir el foro, que supuestamente iban a “dictar” los invitados, en un debate de ideas. Lo que para las jovencitas constituía un saboteo, un desafuero inaceptable, era sencillamente el legítimo reclamo de unos futuros educadores por ejercer un pensamiento crítico. No obstante, el impasse suponía para ellas... ¡una vergüenza...!

Condenar a priori la actitud de la diputada Iris Varela, constituye un equívoco tan grave, como considerar que las causas reales de un fenómeno se encuentran en las simples acciones que de manera inmediata lo generaron... Y por lo visto, estas fallas cognitivas no sólo son imputables a la oposición venezolana, sino que al parecer tenemos a un grupo de compañeros en nuestras propias filas que sufren de un pensamiento apresurado y anecdótico.

Diputada Iris Varela: Me siento orgullosa de su transparencia, de su coraje, de su valentía, de su sensibilidad femenina... Hagamos sí, una fuerte coraza que impida que el enemigo advierta nuestras debilidades. No nos está permitido fallar, camarada.

martes, 13 de noviembre de 2007

Educador Universitario Vs Docente de Salón

Bajo el título de “¿Docencia o violencia?. La política y el arte de convivir”, un docente del Instituto Pedagógico de Caracas intenta “reflexionar” sobre los sucesos ocurridos en esta casa de estudios el jueves 25 de octubre del presente año.

La dicotomía entre dos términos cuya sonoridad procura atraer la atención del lector promedio, unida a un contenido superficial, convertido en lugar común de los académicos tradicionales, nos permite colocar en el tapete de la discusión, temas de vital importancia, en virtud de los cambios que se avizoran en el escenario universitario por la posible aprobación de la Reforma Constitucional, y con ella, el conjunto de articulados que de seguro activará las notorias contradicciones que tienen lugar en las universidades.

En un primer término, es necesario considerar en el texto que nos presenta El Nuevo Ipecista, órgano de difusión informativa de la institución, la inclusión desafortunada de una frase de Octavio Paz, formulada quizás en un contexto en donde pudiera haber tenido alguna dosis probable de factibilidad, pero fuera de él, y para referirse a sucesos del actual escenario que vive nuestro país, podría ser interpretada como un inmenso equívoco: la política es y debe ser el arte de convivir, pero indudablemente, reclama también, como arte al fin, un objetivo transformador. Cualquier concepción política que no lleve implícita la noción del cambio, de seguro está condenada a sucumbir. De allí que el autor del escrito comience su disertación con una selección lamentable de una sentencia débil y con graves connotaciones ideológicas.

Una segunda consideración tiene que ver con la visible confusión que tiene el docente en relación con el término “política”, el cual deberíamos, como amigos de lo académico y ciudadanos interesados por lograr la participación protagónica que conquistamos con la aprobación de la Constitución de 1999, intentar recuperar. Nunca la política puede llegar a convertirse en fanatismo. Lo que pudiera arribar en dogmatismos es precisamente el asumir parcialidades para cuidar o defender intereses personales. De allí que, como forma de descalificar al oponente, podamos incurrir en la adjetivación de “doctrinario” o “proselitista” para referirnos a aquellos individuos que no actúan de manera racional, sino que lo hacen de acuerdo a motivaciones mezquinas, que tienen que ver más con la visceralidad; pero indudablemente en el discurso de un docente universitario, resulta revelador el manejo indiscriminado de un término tan significativo.

La tercera observación, y quizás la que de un modo u otro me llevó a escribir sobre el texto del docente ipecista, es la que tiene que ver con la ideología gremialista del docente, que yo opongo y opondré mientras viva, a la concepción plena e integral del verdadero y la verdadera educadora. No se trata de lamentar que nuestros jóvenes, de una u otra tendencia, incurrieron en hechos de violencia. Un verdadero educador nos invita a reflexionar sobre las causas reales de estos fenómenos. Y las causas no se encuentran en el suceso anecdótico y lamentable que se protagonizó en el Instituto Pedagógico de Caracas, sino en el conjunto de relaciones estructurales que se han venido perpetuando en los recintos universitarios. Si no fijamos nuestra atención sobre las prácticas culturales de todos y cada uno de los actores y actrices del escenario educativo, difícilmente podremos identificar los fenómenos que ocurren en nuestro entorno. Incurriríamos - como bien lo apunta un libro de gran difusión en nuestra institución, La aventura de aprender del profesor Pablo Ríos - en deficiencias cognitivas tales como la monocausalidad y la percepción episódica de la realidad.

Y es entonces cuando desde mi humilde ejercicio de educadora de media y diversificada, ejercido desde hace veintiséis años, con todas las estrecheces económicas que este rol confiere, me pregunto si volver a mi casa de estudios, esa que me brindó sus saberes y conocimientos, no sea más que el regreso a la misma coyuntura: una institución divorciada de su contexto social, un grupo de profesores y profesoras que por el hecho de ejercer la carrera docente en el nivel universitario, se creen envestidos de una cierta majestad, sin ejercer responsablemente su rol de investigadores. Y en este sentido quiero expresar que realmente dudo de la capacidad para investigar de cualquier docente que enfoque una situación desde una perspectiva puramente empírica.

El docente concluye su escrito diciendo: “Al final, quisiera responderle a un colega que me dijo que lo ocurrido el jueves 25 de octubre podría hablarnos del fracaso docente. Le contestaría que nada está perdido mientras nos perturbe y avergüence, mientras sigamos acudiendo a los salones, a pesar del ambiente hostil, creyendo que las ideas son la mejor forma para convivir y no de someter, y trabajando para deshacer esa obscena imagen de trifulca”.

De este discurso final del docente escribidor, extraigo yo mi preocupación que da título a mi artículo: ¿Hasta cuándo soportan las universidades docentes de salón? ¿Cuándo comenzarán a aumentar el número de educadores que trasciende el claustro universitario, asume dignamente su rol de investigador y se atreve a convertirse en verdadero instrumento de transformación social?

Creo, lamentablemente, que el Instituto Pedagógico de Caracas aún no tiene la palabra.

jueves, 25 de octubre de 2007

¿Educación para la emancipación? Una aproximación al debate sobre cómo formar educadores

El Programa Nacional de Formación de Educadores que conocí, previo al inicio de actividades del 28 de junio de 2004, ya no existe. Una vez más la fuerza de las prácticas tradicionales cumplieron su poder homogenizador y aplastante. “Se acabó el desorden”, sentenció un hermano cubano, para dar fe del “nuevo sistema de formación de educadores”. Atrás quedaba aquella propuesta hermosa que tanto me costó entender y hacer que comprendieran, profesores y estudiantes de los grupos de aprendizaje de los Altos Mirandinos.

No quiero para nada tratar descifrar en este escrito, cuáles fueron las motivaciones que llevaron a nuestro actual Viceministro de Educación Superior y Rector de la UBV a desincorporar groseramente al diseñador de esta propuesta y a autorizar un injerto con las características del nuevo Programa Nacional de Formación de Educadores. Sobre eso sólo quiero señalar que creo sinceramente en la necesidad de enfrentar obstáculos y equivocarnos para el logro de los aprendizajes importantes. Sin embargo, en materia de Política Nacional, preocupa que las decisiones estén en manos de tan pocos y que los criterios que imperen sean los de la imposición jerárquica.

A Eduardo Leal lo reconocí intuitivamente por los pasillos del Núcleo de la Universidad Experimental Simón Rodríguez de Los Teques. Su serenidad y aplomo al exponer los conceptos fundamentales de su propuesta, cautivaban a todos sus receptores. Todos coincidíamos con sus señalamientos. Lo difícil era la ejecución, acostumbrados como estábamos a responder a la formación humana y académica recibida hasta ahora. No obstante, algo muy dentro de nosotros nos decía que Leal no estaba equivocado, que soñar era posible en el marco de un proceso político y social que sacudía los cimientos de una sociedad hasta ahora condenada al individualismo y al formalismo burocrático.

El discurso de Eduardo manejaba lo anecdótico y se impregnaba de una sutil ironía que nos alertaba, de vez en cuando, de actitudes muy enraizadas dentro de nosotros mismos, que podrían a la larga, atentar contra la vida de nuestro Programa de Formación. Lo que nunca nos dijo nuestro amigo – y quizás entonces él mismo no lo advirtió – era que la muerte de la Propuesta dependía de la decisión de un solo individuo.

¿No nos apropiamos de la propuesta?, ¿no fue suficientemente entendida ni difundida?, ¿qué papel jugaron las condiciones de aplicación de este diseño en el inconciente colectivo de unos estudiantes “deseosos” de un reconocimiento académico más que de un compromiso social? ¿qué papel se le asignó a la Comisión Nacional del Programa Nacional de Formación de Educadores durante más de un año de implementado este Programa, y cuáles fueron las causas de su pública y notoria ausencia del escenario estructural y operativo? ¿por qué nunca existió una estructura que garantizara la comunicación entre los dos Ministerios responsables de la implementación del Programa y las distintas instituciones encargadas de apoyar esta nueva manera de formar educadores?¿existían, ciertamente, recursos humanos capacitados y sensibilizados para adelantar esta forma de aprendizaje?

Quizás apremien muchas más preguntas, y sobre todo, urge que reflexionemos sobre sus respuestas. Aquí todo está por debatir, y lo peor es que no se brindan los espacios para ello. Sólo se bajan instrucciones que deben ser acatadas. Implementación de Básicos Curriculares, incorporación de preparadores, captación de profesores sin advertir capacidades y actitudes de vinculación con el Proyecto constitucional, aplicación de horarios… Lo urgente, como siempre, cede espacio a lo importante. Y en el caso educativo, las dimensiones de los errores, como suele decirse, se multiplican.

Por otra parte, que a estas alturas el Gobierno Nacional no tenga definida una política clara y coherente de cómo deben formarse los nuevos educadores venezolanos, revela los males que minan la administración pública. Mi paso por el Ministerio de Educación Superior y mi experiencia de más de veinte años en el Ministerio de Educación y Deportes, me dicen que nada ha cambiado. Sólo el discurso y el manejo de símbolos. La práctica sigue estando signada por el burocratismo, la ineptitud, el nepotismo, la corrupción y el oportunismo… ¿Cómo podría allí crecer una propuesta con las características formuladas por el Profesor Eduardo Leal? Era “natural” que la fuerza de la costumbre actuara rechazándola.

El Programa Nacional de Formación de Educadores auspiciado por Eduardo Leal privilegiaba la metodología de los proyectos de aprendizaje como estrategia central en la formación de los futuros educadores, partiendo de la importancia e implicaciones de la investigación educativa en la práctica pedagógica del educador en proceso de formación. Proponía la observación, el aguzamiento de la habilidad para preguntar, registrar, interpretar, analizar… y escribir textos acerca de situaciones propias de los ambientes escolares y comunitarios, al tiempo que se proponían soluciones a los problemas detectados utilizando los conceptos de los métodos de investigación. Entendía la acción educativa como un proceso vivencial en un recorrido iterativo, a manera de espiral, que iba desde el plano empírico operativo hasta el plano teórico-conceptual, y en donde la producción del conocimiento operaba en el plano de contraste. Este último plano representaba la potencialidad del estudiante para producir el conocimiento verdadero.

El nuevo diseño para la formación de educadores emplea el discurso del constructivismo, pero recurre a prácticas conductistas expresadas tristemente en la implementación de unos Básicos curriculares y un sistema de evaluación que haría temblar al educador menos versado. El contenido de los Básicos Curriculares aterra hasta a los mismos estudiantes, quienes a estas alturas de su recorrido, sienten que podrían hasta diseñarles Programas más ambiciosos…

El diagnóstico para la intervención del Programa – si en algún lugar se hizo, porque aquí nunca se efectuó ninguno – estuvo signado por prejuicios y criterios tradicionalistas, de los cuales no exceptúo de responsabilidades a ciertos compañeros cubanos a quienes nunca les gustó la propuesta y se convirtieron en agentes transmisores de incertidumbres y desconfianzas.

¿A qué atribuir ahora los apuros y las improvisaciones? ¿No tendrá algo que ver el apremio presidencial por ver los “alcances” de este importante Programa de Estado?

Al Viceministro-Rector le resultó más cómodo obviar el trabajo que veníamos realizando coordinadores, profesores asesores y estudiantes de la Misión Sucre. Activó la fulana Comisión Nacional del Programa de Formación de Educadores, ahora con la incorporación de los profesores de la Universidad Bolivariana de Venezuela. A ellos debemos el injerto.

¿Qué lugar ocuparon en toda la reorganización los actores de la Misión Sucre…? Aún se encuentran en el campo respondiendo a las múltiples incertidumbres y quejas de nuestros estudiantes, adiestrando a los nuevos profesores asesores y maestros tutores que recibirán a la tercera cohorte de estudiantes, buscando espacios para convertirlos en lugares de encuentros, tratando de hacer viable un nuevo diseño producido desde escritorios, que desconoce y desdeña la realidad de nuestros estudiantes. Eso sí, tampoco nosotros somos los mismos que iniciamos este tránsito desde los comienzos de la Misión Sucre. Intuimos que las situaciones giraron hacia un ángulo que sabemos que no es el correcto, y estoy segura de que pronto comenzaremos a dar señales de que no somos simples cumplidores de órdenes. Yo, particularmente, abro el debate público en torno a cómo formar educadores en estos comienzos de siglo, y espero que la invitación no caiga en el vacío.

Afortunadamente, en nuestros grupos de aprendizaje de los Altos Mirandinos, unos cuantos valientes comprendieron la propuesta y superaron todos los obstáculos para construir sus Proyectos de Aprendizaje. De ellos, el caso de una humilde habitante del sector Colinas del Ángel de Los Teques, llama mi atención, cuando ante el escenario de caos y desorganización revelado por el Ministerio de Educación Superior, ella sentencia:

“Profesora, el problema es que ellos nunca han creído en nosotros. No nos creen capaces de ser constructores de conocimiento”.

¡Qué edificante y productivo sería que los funcionarios responsables de las políticas de Estado, de vez en cuando, tuvieran la disposición de escuchar a los actores principales de este escenario! Quizás esto redundaría en una mayor sensibilidad humana y un mejor criterio para orientar planes y programas.

Capacitación docente o Cómo se desvirtúa un proyecto revolucionario

Una vez más ejerzo el difícil papel de la crítica, en el marco de la puesta en ejecución de un proyecto de nación con el que alguna vez soñé y por el que lucho y lucharé mientras viva. En la primera ocasión alerté sobre la incomprensión existente en el funcionariado de los Ministerios de Educación, Educación Superior, Misión Sucre, Universidad Bolivariana de Venezuela y algunos camaradas cubanos, en relación con el Programa de Formación de Educadores de la Misión Sucre. De nada sirvieron escritos, pronunciamientos, entrevistas y movilizaciones, el poder perverso del individualismo competitivo, el pragmatismo, el sectarismo, el burocratismo, las perspectivas superficiales y la reproducción de las prácticas educativas tradicionales... cumplió su nefasto papel. Aquella propuesta hermosa, revolucionaria y transformadora abanderada por el camarada Eduardo Leal fue condenada al ostracismo; y en su lugar, un programa apócrifo, descontextualizado, sin estructuración de técnicas ni estrategias de formación permanente dirigidas a los principales actores y actrices de esta novedosa iniciativa de formación de nuevos educadores, acompañó el esfuerzo y la iniciativa de un grupo significativo de venezolanos y venezolanas que aspiraban ingresar como educadores, bajo el compromiso robinsoniano de la formación de republicanos. Su curriculum fue construido entonces bajo la premisa de Básicos Curriculares, repitiendo, con las restricciones características del sistema de aldeas universitarias, el triste y fracasado esquema de las Universidades venezolanas.
En esta oportunidad, vuelvo a levantar mi voz en mi condición de revolucionaria y de educadora, para advertir sobre el complejo fenómeno de la capacitación docente. En este sentido quiero reflexionar sobre algunos aspectos que muchos investigadores han venido adelantando en relación con esta práctica, al tiempo que llamo la atención de los revolucionarios con verdadera formación ideológica que ejercen cargos dentro del Ministerio del Poder Popular para la Educación, para que analicen y programen con seriedad los cursos de capacitación en Sistema Educativo Bolivariano.
En lo atinente al fenómeno de capacitación, es necesario que no obviemos experiencias pasadas o los procesos que en esta materia han adelantado otras naciones latinoamericanas. Una venezolana, Delia Lerner, nos ha legado una extraordinaria investigación a través del diseño e implementación de un programa de capacitación en servicio en Argentina. De las conclusiones de estos trabajos podemos obtener interesantes inferencias: en primer lugar, la conciencia de las limitaciones que supone la masificación de una propuesta de gran complejidad ideológica, como lo es el Sistema Educativo Bolivariano; la necesidad de contar con facilitadores que reúnan unas ciertas condiciones esenciales; la significación e importancia del empleo de estrategias didácticas coherentes con la propuesta y la apremiante convicción de acompañamiento en el proceso de formación docente, y en el proceso de transferencia educativa que estos colegas implementen en cada una de las instituciones en donde se desempeñan. Sin tomar previsiones en torno a estos aspectos antes señalados, es imposible que se adelanten innovaciones exitosas en materia de educación.
Mi experiencia y la de algunos camaradas que ya habíamos estudiado la propuesta educativa y que nos acercamos como participantes de la Jornada de Capacitación iniciada el 10 de septiembre, fue desoladora... Del balance de los distintos escenarios que se activaron en los Altos Mirandinos, nos quedó la convicción de que se trataba, una vez más, de actividades guiadas por la improvisación, una baja formación ideológica, pedagógica, e incluso, académica. Desde el inicio, al menos en el escenario que me correspondió asistir, los facilitadores “vendieron” el curso como un mecanismo de ascenso clientelar. De este modo afianzaban las motivaciones de muchos de los docentes que allí se encontraban, ya que un número significativo de ellos era docente no graduado o aspirante a ascenso y/o clasificación.
Estos facilitadores mostraron en sus discursos graves inconsistencias cognoscitivas. Hablaban indistintamente de teorías y enfoques educativos, se mostraban incapaces de explicar con claridad las corrientes del pensamiento pedagógico que sustentaban el proyecto educativo bolivariano, dependiendo casi en exclusivo de la lectura de las proyecciones del video bean, recurso que dicho sea de paso, le ocasionó algunos percances, lo que generaba la pérdida de largos lapsos de tiempo.
Pero si preocupante era la falta de formación integral de los facilitadores, mayor angustia experimentamos cuando percibimos que estas personas acompañaban sus ponencias e intervenciones con presentaciones de internet o lecturas dirigidas a conmover. Desprovistos de argumentos racionales, hacían uso de la cultura de la sensiblería y el dramatismo. Y por supuesto, estas actividades consolidaban en los presentes la enorme maraña de la globalización cultural. Muchos docentes lloraban; otros corrían, emocionados, a grabar la presentación...
¿Qué criterios acompañaron la selección de estos facilitadores?¿Qué tiempo invirtió el Ministerio del Poder Popular para la Educación en “formar” a estos docentes?¿Quiénes son los responsables de las estrategias metodológicas de estos cursos?
Demás está decir que deserté del curso con todas estas preguntas merodeando mi espíritu. O definitivamente en Venezuela no quedó hueso sano, porque la mediocridad académica y la cultura capitalista se nos metió en los huesos, o dentro de “nuestros equipos de trabajo” tenemos coleados a un grupo de saboteadores que sabe que el mejor mecanismo para vencer esta revolución es la enajenación, la falta de compromiso y la cultura de la superficialidad y el pragmatismo.
De banalidades y frivolidades tenemos bastante ya dentro del gremio docente, y sabemos el mal que esto ha provocado en estas nuevas generaciones. El Sistema Educativo Bolivariano reclama un nuevo educador, ese que soñó Rodríguez hace más de dos siglos, y que no formaremos jamás con los mecanismos de las viejas estructuras universitarias, ni con la reproducción acrítica de nuevos discursos. El nuevo educador se construirá cuando logremos métodos que permitan la reflexión sobre nuestras propias prácticas educativas y culturales, cuando mediemos, a través de los propios escenarios educativos del maestro, los valores que deben orientar a las nuevas republicanas y a los nuevos republicanos que reclama nuestra patria.
Una vez más y en nombre de muchos educadores revolucionarios que observamos con profunda preocupación cómo se pervierten las propuestas educativas transformadoras, hago un llamado a la reflexión. No reproduzcan la cultura clientelar e indigna que hemos venido sufriendo. Hagan posible los cambios. No podemos construir una nueva sociedad, si en forma apremiante y prioritaria no formamos nuevos y nuevas ciudadanas.