domingo, 27 de enero de 2013

El alucinatorio social venezolano




"El timón de la historia gira sin rumbo o con rumbo esquivo, hasta que las víctimas deciden agarrarlo".  Alfredo Grande.

Venezuela enfrenta hoy en su duro tránsito republicano, una nueva encrucijada. No es diferente a la que antes ha vivido. Sólo varía la anécdota y sus circunstancias, pero la esencia del conflicto siempre es la misma: no encontramos la forma de conciliar las características particulares de nuestra naturaleza en el concierto de las coyunturas favorables que ha tenido la historia de nuestros pueblos en lucha.

Desdibujada hábilmente nuestra identidad bajo la cruzada colonialista europea, nos dejamos arrebatar, una y otra vez y en medio de luchas fratricidas y feroces, la posibilidad de construir nuevas formas de relaciones entre nosotros y nuevas formas de relación con otros pueblos y el resto de la humanidad.

El concepto mismo de república que conocemos, así como el de democracia, nos fue inoculado por nuestros propios líderes, erigidos entonces en guerreros, quienes desprevenidos del problema principal que sirve de motor a la historia de toda la humanidad -como lo es inobjetablemente la lucha de clases- orientaron nuestros destinos bajo el desarrollo estructural de este tipo de sistema.

Al respecto y para definir este cúmulo de representaciones sociales que nos hemos formulado en las coyunturas históricas y que han terminado por sabotear soterrada o abiertamente nuestros procesos de liberación y transformación social, ningún término me ha parecido más oportuno en estos tiempos de crisis y de decisiones políticas  trascendentales en Venezuela, que el acuñado por el dramaturgo, psiquiatra y camarada argentino Alfredo Grande: el alucinatorio social.

El alucinatorio social es definido por este compañero como una actividad cognitiva inducida e intencional que se promueve desde la dominación con el propósito de que los individuos posean un cúmulo de experiencias sensoriales que hagan posible la formación (falsa) de una percepción particular de la realidad, la cual asegura la relación de subordinación que el poder-autoridad (y todos los que actúan en su nombre) ejerce sobre las grandes mayorías.

De esta manera, todos creemos que percibimos la realidad de una u otra manera, (defensa de la llamada diversidad de pensamiento) cuando a ciencia cierta muchos de nosotros sólo servimos de vehículo de expresión de la forma como el poder-autoridad pretende que creamos que percibimos el mundo, haciéndonos vulnerables a su control dominador.

En Venezuela (y sin pretender llorar sobre la leche derramada) el alucinatorio social no sólo parte de una falsa selección por parte del pueblo de nuestro sistema de gobierno, sino que avanza sobre el mismo concepto republicano hacia el desarrollo de una democracia representativa, que sólo por llamarse democracia y exhibir procesos electorales, adquiría ante los ciudadanos connotación de legalidad y justicia. Y las manifestaciones de este mismo fenómeno siguen su recorrido hacia la actual democracia participativa y protagónica, que en razón de las mismas consideraciones anteriores, no adquiere la condición de sistema equitativo, justo y no excluyente, por su sola inclusión en un texto constitucional.

No obstante, el poder-autoridad nacido de la democracia participativa bajo el liderazgo del Presidente Chávez ha sido la ocasión para que todos los grupos humanos que convivimos en este territorio pugnemos por constituirnos en colectivos sociales, es decir, que cada uno de nosotros, desde nuestros espacios tracemos una estrategia de poder lo más libre posible y lejana a un nuevo alucinatorio social.

Y esa posibilidad nos lleva primero a entender, en primer lugar, que no podemos seguir incurriendo en el culto al héroe individual, porque la enfermedad por la que atraviesa el Presidente Chávez nos debe haber enseñado la fragilidad  de un proceso que depende de la actuación de un solo ser humano, así como nos debe alertar también sobre la necesidad de desplegar la acción transformadora de muchos hombres y de muchas mujeres convertidos en colectivos sociales alrededor de los ámbitos más importantes del escenario nacional: la salud, la educación, la tierra, la cultura, el trabajo…

En segundo lugar, y tal y como muy acertadamente sostiene Alfredo Grande, debemos aprender que el mandato de unidad en medio de la crisis del sistema democrático capitalista, es un mandato encubridor. En ese TODOS SOMOS CHÁVEZ del alucinatorio social venezolano, viaja por supuesto el pueblo alegre y deseoso de que le gobiernen "bien", con sentido de equidad y de justicia social, pero también el Caballo de Troya que nos puede llevar al despeñadero y destruir una vez más la posibilidad de transitar por caminos inéditos, construidos a partir de percepciones reales y no de malas copias de experiencias de otras naciones.

En tercer lugar, tratemos de explicarnos los unos a los otros, lo que simboliza ese Caballo de Troya. Es decir, tratemos de entender en nosotros y en nuestras relaciones la persistencia del sistema capitalista y de sus macabras reglas de juego, que en nuestro país no sólo no ha perdido su fuerza devoradora de la esencia humana, sino que amenaza con destruir nuestro medio ambiente, nuestro territorio vital en aras de un desarrollismo disfrazado de progreso. (Si aún no nos hemos dado cuenta de ello, intentemos leer con un mínimo de sensatez, sentido común y en colectivo, el significado del tercer objetivo histórico del Programa de la Patria 2013-2019 y de su flagrante contradicción con el cuarto objetivo referido a la preservación de la vida en el planeta y a la salvación de la especie humana).

Y en cuarto y último lugar, para conformarnos en colectivos sociales debemos comenzar a crear vínculos que nos permitan marchar juntos en la lucha contra el enemigo común, que no sólo está en las filas de la oposición, sino que desde las instituciones creadas por el poder-autoridad (y en el alucinatorio social de los grupos sociales) teje consciente o inconscientemente la red mortal de una conflagración de dimensiones internacionales para arrebatarnos nuestros territorios y nuestros recursos energéticos, y en consecuencia, nuestra posibilidad de vida sobre la faz de la tierra.

La única vía de avance en la coyuntura signada por la pérdida de la figura de un líder de la trascendencia histórica de Hugo Chávez Frías, es la construcción real de los colectivos sociales, es decir, de "guerreros para la vida", decididos a exterminar con acciones claras de poder protagónico, los vínculos que aún nos mantienen anclados al sistema capitalista.

sábado, 18 de agosto de 2012

Abandonar el silencio es detener la conspiración…



La sistematicidad con que han venido ocurriendo los sicariatos en territorio venezolano debe llamarnos a repensar las prácticas institucionales y sociales que se han instaurado en nuestro país, y que han hecho posible que este fenómeno se active y comience a cobrar cada día un número mayor de vidas.

Un primer paso de esa reflexión nos llevaría a admitir los hechos y a evitar esa actitud negadora de la actual situación de indefensión en la cual se encuentra el ciudadano promedio venezolano, y en mayor medida, aquellas personas que se atreven a abanderar causas que lesionan los intereses de grupos de poder.

Muchos estudiosos del sicariato convergen en afirmar que no es un fenómeno que viene de fuera, aunque su incremento puede verse directa o indirectamente influido por las actividades de narcotráfico y paramilitarismo.

Al respecto afirma Carrión Mena: “El sicariato no es sólo un fenómeno de unos sujetos aislados que usan la violencia para cometer homicidios por encargo, es algo mucho más complejo que ello, debido a que su realidad está asentada sobre la base de un conjunto de redes sociales que permean la sociedad y sus instituciones, y de una construcción valórica en términos económicos (toda vida tiene un precio) y culturales (el vértigo, el ascenso social)”

El fenómeno se incrementa en la medida en que su acción se minimiza y se hace casi invisible a la sociedad, ya sea porque no se investiga, no es reseñado, es reseñado pero en forma muy parca o con fines de espectáculo por los medios de comunicación.

En estos últimos años, Venezuela pareciera estar transitando por una dolorosa deslegitimación de sus instituciones de justicia, y por auge descontrolado del fenómeno del sicariato.

Sabino Romero, un líder yukpa que continúa la resistencia de sus ancestros para preservar la cultura y la vida de su pueblo, llegó una vez más, a mediados de mayo con su familia a la capital administrativa de un territorio que una vez fue un espacio habitado por caribes, valientes y aguerridos, a decirnos que los ganaderos y los militares de la zona los están matando, y que muy probablemente el próximo muerto sea él.

Sabino Romero ha visto morir a su padre, hijos, nietos, y a un número significativo de familiares y amigos por el simple delito de la dignidad. Sabino y su gente nunca han sido canjeables por dinero o por limosnas del mestizo, y por eso, por constituirse en traba para que saqueen su territorio -que es el pulmón de resistencia con que también nosotros seguimos respirando- lo peor del hombre mestizo clama por su exterminio.

La lucha de Sabino no es distinta a nuestras luchas. Sólo varía el escenario. En lo que va de año, han sido asesinados cinco compañeros. Las muertes más recientes, las de Leonel Romero, José Luis y Alexander Fernández, se suman al asesinato del dirigente campesino del movimiento Jirajara, Ramón Díaz, y al de Ragid Samán, hermano de Eduardo Samán, ocurrido en circunstancias que parecieran alejarse de las prácticas de la delincuencia común.

Ninguno de estos hechos ocupó el centimetraje mediático de los medios de comunicación: privados, públicos, y los ahora llamados alternativos. Ninguno aglutinó la opinión pública nacional e internacional ni sostuvo durante mucho tiempo el interés de la comunidad organizada (pueblo, organismos de investigación  y juristas) para lograr develar los tentáculos que permean el sistema penal venezolano.

En Machiques de Perijá, en tierras de Sabino no se sabe, por ejemplo, de la realización de pesquisas policiales frente al caso del asesinato de los dos hermanos yukpas ocurrido en abril, cuyos cadáveres quedaron expuestos en la zona durante mucho tiempo ante la ausencia total de pesquisas policiales.
A menos de tres meses de este monstruoso evento, y después de las infructuosas peticiones de ayuda de Sabino Romero y su familia para que se les brinde protección, ahora nos matan a otros tres compañeros yukpas. Ahora exterminan a Alexander, a José Luis y a Leonel…

Permitir que esta peligrosa situación ocurra en un país -y en un país en donde nos vanagloriamos de levantar la bandera del socialismo- resulta ser desde todo punto de vista un contrasentido. No sólo los hechos revelan la disfuncionalidad del sistema, sino que también nuestras actitudes frente a él reflejan el avanzado estado de descomposición institucional en el cual nos encontramos.

Existen razones suficientes para considerar que estos hechos parecieran estar dirigidos a debilitar a los que luchan individual o colectivamente por restituir la dignidad y la justicia social tan atropellada aún a lo largo y ancho de nuestro territorio nacional. Existen razones para pensar que está en marcha un plan de exterminio de las luchas populares en Venezuela.

Ninguno de los que creemos en la posibilidad de construir sociedades más justas podemos permanecer impasibles mientras nos matan a un compañero. No es lógico que fragmentemos las luchas y andemos clamando por reivindicaciones sectorizadas con nuestros oficios, profesiones, predominancia étnica, o pertenencia a grupos vulnerables. Necesitamos unirnos en una sola voz, una voz que le exija al Gobierno Nacional la investigación eficiente y efectiva de estos hechos, la identificación de los vínculos que pudieran existir entre el sicariato contra líderes populares, la criminalización de las protestas y la impunidad en la cual, en forma cada vez más recurrente, incurren los organismos jurisdiccionales del Estado venezolano con la anuencia tácita del mismo Gabinete Ministerial.

No podemos ser indiferentes ante lo que pareciera ser una silenciosa conspiración en contra del espíritu libertario de la revolución bolivariana.

“¿Hasta cuándo tanta impunidad, tanto silencio, tanta indiferencia?

Abandonar el silencio es detener la conspiración.”

Humillar al maestro



Ninguna excusa puede esgrimir el actual gobierno para seguir manteniendo al gremio de los educadores venezolanos en condiciones humillantes: una retribución económica precaria, un ambiente laboral depauperado en el plano material y ético, una formación universitaria descontextualizada y sin fundamentos científico-pedagógicos, una actividad administrativa inoperante y torpe que violenta el marco jurídico vigente, una ausencia casi total de asistencia médico-hospitalaria, y por si fuese poco, un permanente incumplimiento de los pírricos convenios contractuales alcanzados por sindicatos patronales.

Lastima leer la angustia y desesperación con las que nuestros colegas manifiestan en las páginas digitales, su molestia por la tardanza en la cancelación del bono vacacional, al tiempo que claman por el regreso de Aristóbulo Istúriz a la cartera ministerial de educación como posible salida exitosa al maltrato con que posteriores funcionarios públicos han atribulado al gremio docente.

¿Es posible que una persona pueda coadyuvar en la formación de un pensamiento integral, si ella misma carece de procesos cognitivos que identifiquen cabalmente el origen de los diversos factores que promueven la ocurrencia de un fenómeno?

Es indudable que esto no es posible. Nadie puede mediar la formación de esquemas eficientes y efectivos de pensamiento, si ella misma se encuentra desprovista de ellos. Creer, por ejemplo, que un individuo al frente de un cargo público puede garantizarnos el respeto que merecemos como trabajadores al servicio de la formación humana e intelectual del pueblo venezolano, no es más que sostener peligrosamente un pensamiento anecdótico que evade la racionalización objetiva del conflicto e ignora la existencia y manifestaciones de un sistema económico al servicio de la producción de mano de obra barata para el mercado.

Nada es casual dentro del sistema capitalista en el cual vivimos. Nada es casual ni inocente. Y pareciera que no sólo a los gobiernos cuartorrepublicanos les interesa poseer un gremio docente acrítico, sino que también la llamada quinta república apuesta por la permanencia de este tipo de males dentro de las personas destinadas a impulsar la producción de conocimientos dentro de los colectivos sociales.

Mientras declarativamente se anuncia una educación “emancipadora” y con “autonomía cognitiva”, el Estado sigue permitiendo que las instituciones formadoras de maestros -incluyendo las que abanderan las misiones educativas bolivarianas- egresen docentes con graves deficiencias cognitivas y con elevados niveles de enajenación socio-cultural. Pregúntele usted a un maestro recién egresado de la UPEL o del Programa Nacional de Formación de Educadores de la Misión Sucre - por nombrar dos tendencias de formación emblemáticas- por la naturaleza de su praxis educativa y su fundamentación pedagógica en el actual escenario histórico venezolano, y comprenderá perfectamente a qué me refiero.

Mientras declarativamente se celebra el advenimiento de una educación bolivariana, en la práctica se siguen consolidando hábitos administrativos y actividades educativas castradoras y enajenantes, las cuales hacen posible la existencia de funcionarios de dudosa calidad profesional en todos los niveles del subsistema educativo, violentando no sólo el marco jurídico que aún rige en el sector, sino también los principios más elementales de justicia y equidad que todo ser humano debe asumir en la toma de decisiones.
Mientras declarativamente el gobierno anuncia la firma de contratos colectivos justos para los maestros, los gremios patronales que aún nos “representan”, entregan sin el más mínimo rubor las pocas reivindicaciones que hasta ahora se habían alcanzado. El ingreso a un cargo se encuentra actualmente supeditado al antojo de los funcionarios de turno, mientras que el cumplimiento de convenios de larga data, en los actuales momentos se encuentran a merced de las “supuestas posibilidades presupuestarias del ministerio”.

¿Qué ciudadanos pueden surgir de un sistema educativo plagado de males?

La respuesta, al parecer la tiene inequívocamente el Estado, necesitado siempre de rebaños que garanticen la permanencia de reproductores del mismo sistema y de una u otra tendencia partidista, clientelista y/o nepotista dentro de los distintos organismos gubernamentales. Por eso disfrutan viendo de rodillas al maestro clamando por el pago del salario, amordazado por el logro de una supuesta estabilidad laboral o atado de manos por el  agobiante ejercicio educativo que le impide organizarse y asumir dignamente la resistencia ante los atropellos que recibe.

No le queda a uno más que desear que llegue al fin la insurrección, que el maestro descubra su rostro indio, campesino y obrero, que el maestro se sienta pueblo y se una abiertamente a sus causas por una sociedad sin jerarquías ni trampas mentales, una sociedad que definitivamente renuncie a explotar al hombre y los recursos naturales de la tierra para dejar de ser cada día menos abyecta y miserable.