domingo, 8 de julio de 2018

Yaritza: Una historia en blanco y negro



Si me preguntaran quién fue Yaritza, tendría que decir que fue una guerrera y que su primera batalla la libró contra el destierro familiar. El primer abandono lo ejecutó su primera familia consanguínea, cuando entre pasiones y dolorosas anécdotas, la despojó de su núcleo familiar originario. Las desavenencias conyugales de sus dos padres, la arrojaron a ella y a sus hermanos a una orfandad perenne, a pesar de que el padre, asumiendo a regañadientes la carga parental que le correspondía, deambuló con ellos por distintas geografías y distintos núcleos familiares, que siempre la estigmatizaron por su comportamiento “disfuncional”.

Yaritza era, como todo niño, traviesa y curiosa… Sus exploraciones por una sociedad prejuiciosa y llena de imposturas, le valieron miles de reprimendas y no pocas palizas, muchas de ellas, brutales. Pero eso no cercenó ni un poquito su necesidad de ir más allá de lo que prohibían, restringían y reservaban hipócritamente sólo para unos pocos agraciados. Yaritza… Carolina, como a veces quería que la llamaran, era definitivamente rebelde. Percibía las subestimaciones, se dolía profundamente por ellas, y en ocasiones actuaba consciente o inconscientemente, vengando tímidamente las ofensas con sus travesuras infantiles.

Pero pocos se tomaron tiempo para escucharla. Todos la tildaron de conflictiva y rencorosa. De envidiar el lugar privilegiado que luego le otorgaron a su hermana, mansa y obediente. Pero Yaritza nunca quiso ser mansa ni mucho menos obediente, y eso le valió mucho dolor. No logró despertar amor en el resto de los adultos que luego estuvieron a cargo de su crianza, a pesar de que no dejó de intentarlo cada vez que le fue posible. Pero su condición de mujer y sus decisiones no ajustadas a los cánones familiares y sociales, la proscribían una y otra vez.

Y así se sucedieron varios núcleos familiares: una abuela paterna la amó brevemente en medio de miseria y pobreza; y luego la tía Josefina, un poco obligada por las circunstancias, se hizo cargo materialmente de ella y de sus hermanos. Otro núcleo disfuncional la esperaba para acentuar aún más su condición de abandono sentimental, de tristeza y soledad.

Yarita era sin embargo toda dulzura, cariño y respeto. Sólo a hurtadillas libraba su conflicto sentimental. No entendió durante un buen tiempo aquel rechazo que la mayoría de los miembros familiares de este nuevo grupo consanguíneo, tendieron sobre ella y su personalidad. Vio nacer a sus hijos bajo la mayor pobreza, y pocos integrantes de esa familia eventual se acercaron siquiera a celebrar el milagro de la vida que engendraba su vientre. Y eso le causó gran parte de su vida, un dolor particularmente agudo: No contar jamás con los afectos de las personas que naturalmente debieron amarla viéndola crecer a su lado. Ese dolor, sin embargo, fue cediendo en la medida en que comenzó a gestarse en ella un proceso de comprensión de su propio espacio vital y de la armonía que adquiría con su entorno.

La maternidad le valió sabiduría. Le valió evolución. Luchó incansable por construir un hogar. Tropezó mil veces. Y mil veces se puso de pie. Buscando siempre felicidad. Tratando de conceder a sus seres queridos, espacios agraciados. Vio en la dolorosa enfermedad de la tía, un camino para perdonar su severidad. Comprendió los equivocados esquemas familiares que mantuvieron a ese ser protector que fue su tía, en una dolorosa carga para los pocos hijos que la asumieron. Perdonó sinceramente a sus padres. Los cuidó en la enfermedad y nunca tuvo un reproche para el abandono al cual la sometieron.

Libró también una batalla férrea por recuperar su salud. Trató de sanar su cuerpo y su alma. Lo hizo con tanto ahínco, como en el trabajo de construcción de su propia familia: la consanguínea y la que ella misma se ganó a lo largo de su vida. Decenas de amigos, decenas de amigas, hijos ajenos a quien cuidó y amó sinceramente. Esa era Yari. La que nunca su propia familia intentó conocer. La que se perdieron, pobres, hundidos en atavismos de todo tipo.

Y la que perdí yo recién, hace apenas un mes. Sólo materialmente, porque Yaritza es ahora una parte más profunda de mí misma. Ahora abro con ella un diálogo permanente. Como y veo su rostro sonriente, plácido ante los gustos gastronómicos. Veo las flores que aún nacen en mi ventana, y la veo a ella cargada de flores para su tía y para mí. La veo regalándome una orquídea que floreció tres años seguidos justo el día de mi cumpleaños. La veo también junto a su compañero Alfredo, feliz, hermosa, con un cabello brillante que también ella cultivó como un tesoro. Altiva. Nunca cabizbaja.

Compartí también con Yaritza el sentimiento de la proscripción familiar, de los tratos despectivos, el doloroso desamor familiar y generacional. Observamos las conductas familiares y aprendimos a no dejarnos afectar por ellas. Nos ayudamos a aceptarlo y a aceptarnos. Nos hicimos más humanas y más solidarias en el concepto de lo femenino y lo comunitario. Juntas lo hicimos. Juntas fue posible.

Y por eso, Yaritza sigue aquí, conmigo y con mis hijos, con quienes siempre tuvo un gesto afectuoso permanentemente. Y seguro que estará con sus amigos, sus hermanos, con sus hijos y con Alfredo, a quien quiso infinitamente. Lo sé. Este humilde recuento de su vida, es mi propia mirada sobre el espacio vital de ese ser de luz que fue mi prima hermana (¡mi hermana! ¡mi hija!). Cada uno de ustedes tiene una mirada. Conviértanla en amor para los suyos. Nunca abandonen los afectos. Les aseguro que eso exactamente era lo que Yarita hubiese querido.

Gracias a todos por tanto amor.

Tu Emi.

domingo, 17 de septiembre de 2017

El conuco de paíto




Allá, entre aquella neblina alta que viene de Cocollal, estaba el conuco de piñas de Juan Cabello. Sí. Cada vez que llego a la casa vacía de los abuelos, miro hacia esa dirección y vuelvo a escuchar la voz de mi madre, señalándome un pedacito de terreno fértil que resaltaba en las laderas de Quebrada Seca. Eso era del abuelo. No por papeles. No por ley. Lo era por justicia comunal. Año tras año, el abuelo se levantaba de su catre para acariciar aquellas tierras que lo compensaban con inmensos mapueyes, ocumos, yuca, batatas y jojotos para los hervidos. Era el sustento de la familia en los tiempos cuando la existencia del hombre se ceñía a su habilidad para sacar sano provecho de la naturaleza que lo rodeaba. Tiempos de pobreza sí, pero de solidaridad y sana armonía vecinal.

La neblina que llegaba a Quebrada Seca en las mañanas era ciertamente de Cocollal, unas tierras mágicas y frías de Cumanacoa que en medio del calor oriental se antojaban de cobijar el frío de las montañas. Años después de muerta mi madre, yo emprendería viaje en búsqueda de la neblina y me solazaría en aquella maravilla. Entonces iría sin la voz fraterna de ella rememorando su niñez y su adolescencia, sin su mirada hecha de ríos cristalinos, su piel de olores dulces que evocaban todos aquellos platos familiares con que solía sorprendernos, sus juegos infantiles, sus historias de encantados, de espantos y aparecidos...

El abuelo era un hombre alegre. Festivo. Contador de “cachos”. Asiduo radioescucha de novelas. La abuela lo peleaba incansablemente por esa práctica. De una a una y media del mediodía comenzaba su radionovela preferida: “Martín Valiente, el ahijado de la muerte”. Él se sentaba en un sofá y mi hermana y yo nos acomodábamos de lado y lado en el piso, abrazando cada una de sus piernas, a escuchar con él aquella voz grave de Arquímedes Rivero, y aquellos divertidos sonidos que simulaban el chirrido de una puerta, disparos, truenos, galope de caballo…

El abuelo venía de Sotillo, un pueblecito cercano al Golfo de Cariaco, lugar donde de seguro arribaron sus ancestros negros para entremezclarse con los indígenas de la zona. Así era él: un zambo querendón y dulce que venía de tiempo en tiempo a nuestra casa cargado de cazabe, piña y pescado salado a pasarnos una mano pesada y áspera por la cabeza, contarnos cuentos y escuchar “cachos sabrosísimos” por la radio.

El abuelo subsistía de la agricultura, pero también de la venta de pescado por allá por los lados de San Fernando. Y por pura camaradería comunitaria, combinaba sus oficios con los de barbero. De esas laderas bajaba en su burro, borracho, rematando postas de pescado, y acompañando las ventas con chistes y cuentos inventados.

Y aunque la abuela le peleara sus miles de mañas, un manso amor pareció siempre sellar la unión de los abuelos.  Ella siempre esperó su llegada del conuco, hasta después de muerto. Y me decía, convencida, que el abuelo se sentaba en el borde de su cama todas las noches y hacía crujir el jergón. “Yo lo regaño. Y le digo: Eso es malo, Juan. Usted está muerto. Váyase ya para el lugar donde están los muertos” Y mi abuelo se paraba de la cama y se iba arrastrando los pies. Triste. Así me lo contaba la abuela. Y lloraba quedito.

Fueron muy pobres los abuelos. Una hija de cinco años, a la que llamaron Romelia, se les murió de mengua. Y la abuela, una mestiza de ancestros españoles e indios, me la describía nostálgica, como una niña con una hermosa cabellera rubia y rizada. “Era blanca y de ojos azulitos, con una melena rubia que le caía en la espalda”, decía con mal disimulado orgullo.

Pero cuando el abuelo murió, y sus hijos se desperdigaron todos hacia la ciudad huyendo de la miseria campesina,  su pedacito de tierra quedó baldío; y con el pasar del tiempo, otras personas comenzaron a trabajarlo y a hacerlo suyo. No obstante, mucho antes de que eso ocurriera, el tío Germán volvió al conuco. Era el único agricultor de la familia. Y uno de los pocos que no emigró a la ciudad tras la promesa de una vida mejor.

El tío Germán, el Negro Cabello, heredó del abuelo su buen humor. Quizás porque la tierra suele metérseles a los indios y a los campesinos en el alma y enterronarles el corazón. Cuando eso pasa es difícil que alguien los convenza de migrar. Eso les pasó al abuelo y al tío Negro.

Pero al tío, poco a poco, las historias personales, le fueron socavando su alegría, la fue perdiendo a la par que el país entero dejaba de ser rural y se instalaba en una era industrial ficticia, torpe, falsa… El Negro Cabello se hizo Prefecto de San Fernando, construyó allá su propia casita y ya no tenía muchos ánimos para la siembra en el conuco del abuelo.

Lo último que recuerdo de aquella tierra, fue la siembra de piñas. Un negocio a medidas con mi madre, su hermana, para recuperar las tierras del abuelo. Un pacto de la mujer citadina con el hermano campesino para recuperar la tierra del padre. Yo misma la acompañé al pueblo para conversar con el tío sobre el conuco.

Entonces el tío aún reía. Me encantaba oírlo hablar. Astuto. Inteligente. Particularmente sagaz en el humor y la crítica. Ese día ellos planearon ir al río y hacer un sancocho de buchuros, camacutos, camarones y guaraguaras… Nos armamos de vituallas y nos fuimos a unas pozas hermosas que se formaban con la convergencia de ríos en la zona… Río San Juan y Río Arenas…

Pero los recuerdos (¡ay, la memoria!) no podían dejar de acudir en aquellos momentos. La muerte entonces de los seres queridos cobró espacio entre los hermanos, y el tío Germán, el tío Negro, se hizo el protagonista del encuentro…

Y así fue como el tío nos contó del hallazgo que hizo en el conuco. Y yo pude ver su alma, enseñoreándose por sobre su humilde humanidad. Esa imagen de su alma fue la que años más tarde me llevó a volver al pueblo, a volver una y otra vez segura de encontrar de algún modo unas raíces moribundas sobre las cuales aferrar mi propia existencia.

El tío volvió al conuco. Lo rozó. Y cuando removía la tierra para la siembra, encontró, medio enterrada, la plancha dental del abuelo.

“De seguro paíto, sembrando ¿tú ves?, estornudó, y se le cayó la plancha. Y no la consiguió”. Y de inmediato, el tío irrumpió en un llanto que nos enmudeció a todos.

Recobrar el instante en que el abuelo su paíto, como ellos lo nombraban− había perdido algo de tanto valor como su plancha, y llorar, fue la clave que el tío me dio en mi propia búsqueda. Él, por supuesto, nunca lo supo, pero mi admiración por ese espíritu simple que lo alentaba, siempre fue infinita. Nada me pareció más sagrado que el amor de esos seres a través de la tierra. Nada me ha parecido hasta ahora más valiosa que la autenticidad del ser humano. Él me convenció de que las inteligencias no necesitan palabras porque conversan tácitamente. A pesar de las personas y de sus respectivas historias personales.

También supe qué era lo que nuestra familia había perdido y olvidado en su loca migración a las ciudades. Lo había leído ya en mi ensoñación por la neblina. En mi perseverante necesidad de la tierra, su olor, su paisaje y su aliento.

jueves, 13 de abril de 2017

El plomo al hampa del socialismo del siglo veintiuno venezolano


Por Gladys Emilia Guevara

Quizás muchos de quienes me leen en este instante son empáticos con la idea de que frente al fenómeno de la delincuencia, se justifica las actuaciones represivas del Estado. No los condeno por pensar así. Sólo que debo advertirles que el pensar así, con el tiempo, de seguro los condenará a sufrir los embates del autoritarismo o los hará cómplices de injusticias de dimensiones incalculables. Así que es mejor plantearnos una reflexión más o menos seria sobre el asunto, a ver si aprendemos algo de los rápidos sucesos vividos por el pueblo venezolano en por lo menos estas dos últimas décadas signadas por aparentes cambios gubernamentales.

Por eso me resulta imprescindible entrar primero en el campo de las definiciones y las caracterizaciones de lo que hasta ahora se ha entendido en estos pueblos colonizados por delincuencia y por “control del Estado”.

Si hiciéramos una encuesta en la cual quisiéramos detectar cuáles son las representaciones mentales de los ciudadanos en torno a qué es y cuáles son las características de un delincuente, nos encontraríamos con un cúmulo de asociaciones de carácter clasista y racista. Un delincuente es un “malandro”, un “vago”, un “pandillero”. Y si les ofreciéramos imágenes que complementaran el concepto que cada uno tiene de “delincuente”, lo más probable es que relacionaran el término con personas pertenecientes a las clases pobres, y en consecuencia, mayoritariamente gente mestiza, integrante de etnias indígenas o simplemente de piel negra.

Esta situación se repite a lo largo y ancho de cualquier sociedad colonizada y neocolonizada. El dominador (¡delincuente de algo rango!) impone su lengua y sus modos de pensar al dominado, hasta el punto en que este se convierte en reproductor del sistema. Sobre el dominado pesa un cúmulo de traumas sociales que lo hacen subestimar su propia cultura, su fisonomía, el color de su piel, la textura de sus cabellos… Y sueña con ser otro, otro muy parecido a su dominador. O al menos, cercano a los hábitos, gustos y disfrutes del “amo”.

La escuela es la encargada de “sembrar civilismo”, y quien no se adecúe a ritmos de trabajo, formas de presentación personal, horarios, enfoques únicos de pensamiento, etc., se convierte en un desadaptado. Hay que obtener un cartón que te acredite como persona “apta” para el trabajo, el cual también sigue el mismo compás “civilizatorio” del resto de las actividades humanas: cumplimiento y control. Considérese afortunado si tiene trabajo y cuídese mucho de perderlo, así esté en juego su propia dignidad humana. Lo importante es la subsistencia. Prohibido decir lo que piensa, so pena de ser execrado del “proceso”.


¿El gran fenómeno comunicacional que encarnó el fallecido presidente, revirtió en forma real la mentalidad neocolonizada del venezolano?

A pesar de que todas estas situaciones eran conversadas por el desaparecido presidente Chávez, sus “agudas observaciones” dirigidas en este sentido, se convertían en puras prédicas declarativas, mecanismos de “catarsis” para que todo siguiera igual, porque la realidad del entorno en el cual él mismo se desenvolvía era extremadamente ficticia y edulcorada para el espectador incauto.  Aquella popular Lina Ron, por ejemplo, quien se batía frontalmente contra opositores al gobierno, fue blanco de miles de desprecios clasistas por parte del equipo presidencial y de sus acólitos, quienes siempre la vieron como un instrumento para “lanzarla” en contra de los enemigos, sin importarle su condición humana. Después de todo, sólo ellos y sus hijos debían sobrevivir; los pobres sólo son carne de cañón contra el enemigo. Luego podrían rendirles homenajes o indemnizar a sus familiares, para dar muestra de  “revolución”, “unidad en la lucha” y de “justicia social”. Y en el caso de Lina Ron, hasta una orden de captura formulada mediáticamente por el mismo jefe de Estado, en la cual clamaba sobre ella “todo el peso de la ley”.  Lógico. La “defensa del Estado” exige obediencia absoluta… ¿qué es eso de pensar y actuar con cabeza propia? La “participación” también está regulada por el Estado seudo socialista. Él sólo te puede indicar cuándo “saltarte” las leyes. Él sólo puede garantizarte impunidad, si te decides a delinquir.

Un cúmulo inmenso de eslóganes y frases hechas formaba parte de las declaraciones  de los funcionarios públicos y de las “opiniones” de los venezolanos. El pensamiento fue sustituido por la fórmula. La canción de Alí Primera, fiera y rebelde contra el sistema, ahora era el “perfume de la mierda” de los actos públicos, en los cuales siempre existía una élite privilegiada que observaba los actos cómodamente, y una comparsa de pobres incautos que se sentían hermanados con el poder por el solo hecho de estar detrás de la línea de seguridad que siempre los mantuvo a raya… “por si acaso”.


¿Qué intención perseguía el Estado venezolano pretendidamente socialista cuando privilegiaba la adquisición de bienes materiales como fórmula de felicidad?

Así también se hizo común y frecuente entre los funcionarios públicos y sus allegados, la cirugía estética. Y el mismo fallecido presidente, clamaba por la protección a estas “damas” que tenían todo el derecho de “mejorar” su aspecto físico. Reinas de belleza, actrices y actores hollywoodenses desfilaban por Miraflores, mientras un líder del pueblo yukpa, de nombre Sabino Romero, quien creyó su deber hacer realidad el mandato constitucional de reintegración de tierras a sus etnias ancestrales, recorría distancias entre la Sierra de Perijá y Caracas para hacerse escuchar por funcionarios que se volvieron inaccesibles, y por unos medios al servicio del gobierno, que vetaron su palabra hermana hasta casi el final de sus días. No importa, después permitirían que las salas de cine exhibieran un documental: ¡Sabino vive! Para enmendar la plana. “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”, como bien apunta la sabiduría popular.

Y así como “todos” tenían “derecho” a las “cirugías estéticas”, también tenían derecho sobre bienes muebles e inmuebles: una mejor calidad de vida, clamaban. “La mayor suma de felicidad posible”, parafraseaban la infeliz y frustrada frase del Libertador. Y la felicidad tenía nombre de cargos públicos, viviendas regaladas, línea blanca, artefactos electrodomésticos, “vergatarios”, “canaimitas”, tablets, antenas de televisión con la misma o parecida plancha de programación basura que tanto criticaron a una supuesta “iv república”… Todo esto adquirido con créditos chinos, rusos. ¡Qué viva la Venezuela rentista!, mientras el jefe de Estado clamaba independencia económica y alertaba sobre el peligro de las “oligarquías apátridas”, que si bien constituían un peligro real, ya no tenían la facilidad de actuación de otrora, y se limitaban a torpes incursiones guarimberas, que sólo reforzaron tiempo después, la actuación represora y criminalizadora que asumió el Estado contra cualquier protesta pública, por justa que esta fuese.

¿Quién es, pues, el mal llamado “bachaquero” venezolano, sino el producto del cacareado “socialismo del siglo veintiuno”, cuya “premisa teórica” era el “amor” y el “buen vivir”, y el cual quedó consagrado en un patético corazón que sirvió de vacua publicidad en las últimas elecciones presidenciales del “Comandante Eterno”? El socialismo del siglo veintiuno daba para todo y más.
¿Por qué llaman delincuente ahora a quienes se dedican a “mejorar sus condiciones de vida” revendiendo productos de la cesta básica, si la lógica que opera en sus actuaciones fue la misma que motorizó la idea de que la felicidad viene con la asunción de las tecnologías y la adquisición de bienes materiales sin el menor esfuerzo?


¿Qué son las OLP y por qué muchos venezolanos justifican sus actuaciones?

La organización político-territorial de nuestros pueblos responde a una concepción subestimadora del poder de una mayoría pensante. Según esta concepción, los pueblos no son aptos para gobernarse y debe existir una élite privilegiada que lo haga. Representativa o participativamente, las democracias republicanas son formas en las cuales las mayorías ceden el “poder” a los supuestamente “más aptos”. La sanción institucional, el autoritarismo frontal o el macabro poder del burocratismo, las redes familiares, el clientelismo y el compadrazgo, son manifestaciones consustanciales con la formación del Estado y el desarrollo del capitalismo en este lado del mundo. La gente las cree “natural”, y no entiende que son producto de unas formas particulares de relaciones históricas entre los seres humanos.

En consecuencia, la mentalidad de las mayorías se proyecta una única percepción de la realidad: la que han conocido hasta ahora. No se piensan sin autoridad y sin gobierno. “El caos”, sostienen. “Eso no puede ser”. Debe haber quien administre y controle. Quién premie y sancione.

¿De qué modo distinto al represivo un Estado minado de desigualdades sociales e inoperante en lo relacionado con la generación de las condiciones básicas de estabilidad nacional, puede pretender “ejercer el control” de cualquier fenómeno disfuncional que se presente en la estructura socio económica de la nación?

Pero… ¿si han repartido casas, alimentos, electrodomésticos, artefactos tecnológicos, agotando con ello “todas las medidas posibles para evitar la represión, por qué los pueblos insisten en ser “delincuentes”? Si todas esas “prebendas” no han podido sostenerse en el tiempo, es por culpa de la “guerra económica”, afirman. Así que exigimos “lealtad absoluta”. Probablemente el pueblo, lo que esté pidiendo es “mano dura”, aunque el “puño de hierro” contra la corrupción y la ineptitud gerencial que ofreciera el otrora presidente Chávez en la antesala de su muerte, sea hoy en día un finísimo guante de seda con el cual se “negocia” en las “altas esferas”. En su lugar se proyecta un “mazo” exhibido por uno de los mayores trogloditas de la política chavecista venezolana, allá en donde prolifera la verdadera delincuencia generadora de todos los males sociales: la corrupción y la venalidad de los funcionarios públicos.

Sin embargo, es necesario edulcorar la píldora. Y allí están los medios y los “miedos” para aligerar el trabajo de manipulación.

Es así como sin aún quitarse la careta de “socialistas” (aunque cada día la exhiben menos, llegando a sustituirla por la expresión de “territorios para la paz”, eufemismo alusivo directamente a la premeditada operación de exterminio de grupos que están fuera del “control del Estado”, que comenzó con la masacre de Quinta Crespo en la cual cayó ajusticiado impunemente Odreman y sus compañeros) el actual gobierno chavecista del presidente Maduro proclama su última panacea para resolver la situación de inseguridad que se vive en el país (porque ahora resulta que se convencieron que no era un asunto de “percepción de la realidad” auspiciado por los opositores, sino que era real. Antes tuvieron que tirotearles y coserles a puñaladas a sus propios peones del tablero politiquero, para que entraran en razón).

Se trata de las OLP (Operación Libertad y Protección del Pueblo), mecanismo represivo del Estado seudo socialista para suspender las garantías constitucionales en las zonas más vulnerables del territorio venezolano, sin causar mayor impacto mediático, en el ámbito nacional, pero sobre todo, internacional. La mentalidad de los dominados, por supuesto, celebra estas incursiones, casi con tanto fervor como las personas de pensamiento de derecha, para quienes la existencia de los pobres siempre será una amenaza potencial para sus privilegios.

Mediáticamente, estas operaciones son todo un “éxito”. Han logrado capturar a los prófugos más antiguos del crimen organizado, y han llevado “la paz y la tranquilidad” a sectores populares que estaban atemorizados, según cuentan, por el hampa común y el crimen organizado.
Lo cierto del caso es que los medios nacionales y la prensa en general no están reseñando lo que realmente está ocurriendo en estos operativos. Sólo nosotros, los de abajo, conocemos la otra cara de la historia oficialista.

En los Operativos de las OLP, todos nosotros somos sospechosos de ser “bachaqueros” y/o delincuentes. Todo depende del lugar donde vivamos o transitemos. Todo depende de nuestra clase social y todo lo que ella lleva implícito: forma de vestir, actuar, pensar… Todo depende de nuestro color de piel y del grado de redes familiares y/o amistosas que tengamos con el poder. Todo depende de que un mal día no nos demos de narices con el poder y la autoridad de un policía, un guardia nacional o un funcionario del Sebin de mal talante. Todo depende.

Quedan suspendidos los derechos humanos en las barriadas populares, con la tenaz asunción de las OLP, mecanismo idóneo del socialismo del siglo veintiuno para darle tranquilidad al “pueblo venezolano”. Y uno se pregunta: ¿Es que alguna vez existieron los derechos humanos en las barriadas populares o en las zonas rurales? No, pero ya no puedes dar el tradicional grito del cerdo, camino al matadero. Allí está el poeta Tarek William Saab para asegurarse de ello, e ir por el mundo entero proclamando nuestra democracia a prueba de guarimbas y guerras económicas. Y quien diga lo contrario, es sospechoso de traición.

La próxima vez que celebres una incursión de las OLP en zonas humildes del pueblo venezolano, piensa que en cualquier momento el blanco puedes ser tú,  que habrá quienes celebren el éxito de esta nueva versión del “plomo al hampa” erigida por gobiernos que sólo anuncian socialismo mientras promueven medidas neoliberales. Y que entonces, será bastante tarde para que hables de organización y unidad popular.