martes, 25 de agosto de 2015

La «Razón de Estado» en los gobiernos «progresistas»




 Por Gladys E. Guevara


“Sólo el silencio es vergonzoso” Letra de la Balada de Sacco y Vanzetti de Joan Báez.


A lo largo de la historia del ser humano y más específicamente a partir del desarrollo y auge del capitalismo en el mundo, el mayor aliado para su expansión y consolidación ha sido, ciertamente, la aparente confrontación entre adversarios políticos, expresada en conflictos y guerras, las cuales han desangrado a buena parte de la humanidad y han consolidado el actual orden mundial. Pareciera como si el sistema  globalizado de dominantes y dominados que rige al mundo, encontrara en las confrontaciones, y más específicamente en sus eventuales “adversarios” de turno, las mejores piezas del ajedrez para mantener en suspenso un juego, y permitir que el ritual sea practicado por generaciones y generaciones de hombres y mujeres, quienes dicen detestarlo y querer abolirlo, pero terminan actuando, a mediano y largo plazo, con la misma lógica que dicen combatir.

Entrar en el juego, en calidad de aliado o “combatiente del sistema”, asegura el apalancamiento y reimpulso de la cabeza de la Hidra, que no cesa de reproducirse bajo la mirada impávida de la humanidad, que ya la cree natural, inherente al ser humano.

Muchos pensadores del fenómeno afirman con sobrada razón que la fuente del mal subyace en las formas de asociación que ha adquirido la humanidad en su aparente “evolución”, y que hoy conocemos como “Estados”. Ya a finales del siglo diecinueve el apóstol de la independencia cubana, José Martí, reflexionaba esta situación en los siguientes términos:


«Esa futura esclavitud --decía Martí--es el socialismo» Y añadía Martí, profetizando lo que pasaría en un estado socialista: «Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo que no tiene las mismas razones de complicidad en esperanza y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio. El hombre que quiere ahora que el estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la medida, por el tiempo y en la labor que pudiese el estado asignarle, puesto que a éste, sobre quien caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facilidades necesarias para recabar los medios de cumplir aquellas. De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él, y en ese sistema socialista dominaría la comunidad del hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo. Y como los funcionarios son seres humanos y por tanto abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder, apoyadas por todos los que aprovechan o esperaron aprovechar de los abusos, y por aquellas fuerzas viles que siempre compra entre los oprimidos, el terror, prestigio o habilidad de los que mandan, este sistema de distribución oficial del trabajo común llegaría a sufrir en poco tiempo de los quebrantos, violencias, hurtos y tergiversaciones que el espíritu de individualidad, la autoridad y osadía del genio y las astucias del vicio originan pronta y fatalmente en toda organización humana... El funcionario autocrático, abusará de la plebe, cansada y trabajadora. Lamentablemente será, y generará la servidumbre».


Y hago mención de Martí mártir de la independencia cubana, y el menos sospechoso de abrazar ideas a favor del sistema capitalista para recuperar con ello el señalamiento claro de los anarquistas en torno al papel del Estado como problema principal en el devenir social de la humanidad. 

Y no servirá de nada que se le adicione calificativos de progresista, ni que se invente una retórica que diga que avanzamos de una democracia representativa hacia una democracia participativa. La realidad impacta sobre el ardid manipulador de un lenguaje seudo revolucionario. Varios países nuestramericanos caímos en la trampa del socialismo del siglo veintiuno, y creímos en un conjunto de líderes surgidos en distintos puntos de nuestra geografía abanderados por una supuesta “espada bolivariana”. 

No se trata, no, de que el pueblo llano que acompañó estos procesos no esté en lo cierto, que no haya sabido “cumplir con su papel”, que no se entendiera el «legado» de tal o cual mesías político… Volvimos a ser traicionados, porque hemos seguido creyendo en las bondades de los Estados y de los gobiernos «progresistas» o mal llamados «socialistas», los cuales en el fondo sólo proyectan, como bien sostiene el compañero Francisco Sierra Corrales, un social cristianismo retardado. 
Gobernar territorios neocolonizados ofreciendo emancipación, es tarea de malabaristas del lenguaje, quienes tarde o temprano terminan por mostrar sus costuras y sus contradicciones, para arribar a escenarios que sólo pretenden “controlar” con base en mecanismos represivos, los cuales también justifican alegando siempre “razones de Estado”. Y en este sentido, creo que en el caso venezolano, si el Presidente venezolano Hugo Chávez se mantuvo tanto tiempo en el poder, no sólo se debió a que el petróleo siempre disfrutó de una aceptable cotización en el mercado, y que él destinó buena parte de los recursos que ingresaban por este importante rubro, para paliar las profundas carencias del pueblo pobre, sino también a la torpe oposición que hicieron sus detractores políticos, quienes en su errático accionar impidieron que las mayorías pudieran advertir el fraude que significaba la oferta seudo socialista del gobierno chavista, y ahora madurista. En toda aparente contienda de “buenos” y “malos”, que impida el pensamiento crítico y la observación integral de la realidad, el capitalismo saldrá vencedor.

Igual suerte que la venezolana quizás el futuro le depare al pueblo de Ecuador, y quizás también al de Bolivia, aunque en ambos países pareciera haber prevalecido una mayor cordura en el manejo de recursos públicos. ¡Nada que decir de Nicaragua, por supuesto! Tampoco de Uruguay con la gran farsa del presidente-pobre, quien con su “sabiduría mediática” le entregó el país a las trasnacionales de alimentos transgénicos. Ni de Argentina, en donde su Presidenta siempre ofreció impulsar “un capitalismo en serio” y ahora enfrenta naturalmente un peligroso proceso inflacionario, acechado también de escándalos y corruptelas; ni nada que agregar de Chile y los dos períodos de Bachelet; ni sobre  Brasil, en donde Lula Da Silva y Dilma Rousseff (presidente-obrero y presidenta ex guerrillera, ambos identificados como “izquierda”) sólo actuaron como conspicuos gerentes del neoliberalismo, sin cuidarse de guisos dentro de la administración de bienes públicos ni de represiones policiales en sus respectivos gobiernos.

Por ello, repito, cobra natural lucidez el enfoque anarquista de Luis Di Filippo, cuando a principios del siglo veinte publica su ensayo: “El fetichismo del Poder” y afirma: 

“Es que se ha identificado la conquista del Poder con la Revolución como si fuesen la misma cosa. Manera bastante infantil de reducir a términos de simplicidad minúscula un problema de complejidad mayúscula. 

No es el Poder, sino la Sociedad lo que se debe «conquistar» para la revolución; pero si es posible conquistar por asalto el Poder, no es posible conquistar la Sociedad del mismo modo. Al Poder se puede llegar audazmente por un atajo; a la Sociedad solo se le conquista, o transforma o renueva, transitando un largo, paciente, quizá sinuoso camino.

El drama de los revolucionarios que han conquistado el Poder es que para mantenerse en él no pueden prescindir del aparato burocrático centralizado, ni del militar imponente, ni del policial implacable, consiste en que a medida en que el tiempo transcurre se hace más tajante el divorcio entre la Sociedad y el Estado, pues se cristalizan los aparatos provisorios de dominio con destino de perennidad. Lo que equivale a decir que más está en auge el estatismo que el socialismo, términos que tienden a confundirse maliciosamente, pues el dominio del Estado sobre la Sociedad es el imperio de la parte sobre el todo, dominio que por su índole tiene que ser fatalmente violento tanto en sentido moral como físico”.


Leyendo a Luis Di Filippo necesariamente nos preguntamos si no fue estatismo y no “socialismo”, lo que se consagró en Venezuela y en el resto de nuestras tierras nuestramericanas. No podría responder por lo que  ocurre en aquellas tierras hermanas, pero de estas sufridas tierras caribeñas, puedo decir:
Por razones de Estado la prensa oficialista debe vender la matriz de opinión de que la actual situación se debe a una “guerra económica” desatada por el imperio. Por razones de Estado, en Venezuela se desató una oleada sistemática de ajusticiamientos que son presentados ante la opinión pública como enfrentamientos. Por razones de Estado se cierran las fronteras con Colombia, y se castiga a la población más vulnerable que vive en tierras fronterizas. Por razones de Estado, el psuv escoge sus candidatos a dedo, y luego los impone con el ardid mediático de que fueron aclamados por las mayorías. Por razones de Estado, la traición no puede ser televisada, ni difundida en radios alternativas financiadas por el gobierno, ni por impresa en ningún periódico o publicación “revolucionaria”, so pena de quedarse sin papel… (“Por ahora…”, porque a juzgar por el tinte que han venido asumiendo ciertas situaciones, podrían empezar a despojarnos de otras cosas más “esenciales”).

Por razones de Estado, no hay que andar por allí haciendo críticas, no vaya a ser cosa que a algún “patriota” se le ocurra también como deber “nacionalista”, pasar del plano de los insultos y las ofensas enviadas a nuestros correos electrónicos, (caso del señor Jesús García Luengo jesusgarl@gmail.com, a quien le informo que ya no abro sus groseros correos insultándome porque pienso distinto a él, y que se ahorre el tiempo que pasa garapateando ofensas) al plano de la violencia física y las desapariciones forzosas.

Y a quienes critican la crítica cuando no viene acompañada de una solución, les digo: No hay recetario. Los engañaron si alguna vez le dijeron que lo había, y que formaba parte de un “legado”. Nada nuevo y útil será posible dentro de las instituciones del Estado. La única alternativa es la construcción de comunas; pero no las que nos prescribió el chavismo con sus leyes discrecionales y burocratizadas, sino las que surjan de los propios intereses de las personas dispuestas al intercambio y la convivencia en comunidad.  Y eso habrá de ser un día en el cual se redima la inteligencia humana, y esta especie pueda trabajar al fin en función de evitar su inexorable  extinción.




miércoles, 17 de junio de 2015

El día en que se cumplió la profecía de los cumanagotos…


Hilario mira a su mujer correr despavorida por la casa levantando objetos y volviéndolos a colocar nerviosamente, como si no supiera qué comenzar a acarrear primero.

        ¿Qué pasa, mujer? ¿Qué pasa?

        La represa, Hilario, la represa de Turimiquire se rompió y el agua viene hacia acá. Ya hay desgracias terribles en otros caseríos… Están bajo las aguas. Tenemos que coger pal cerro. Ayúdame a ver qué salvamos, hombre de Dios…

Eran días de lluvias incesantes. Llovía aún sobre las cabeceras del Manzanares y hasta la población de Dos Ríos había llegado la noticia de algunos desbordamientos de ríos en Cumanacoa y Arenas. Hilario se acercó a la mujer y le sujetó los brazos.

        No seas loca. No nos movamos de aquí, mujer. Si la represa de Turimiquire se rompió, esas aguas no pueden llegar acá. Esta tierra donde estamos está pal norte, es serranía, y está lejísimo de la represa que está en el sur.

        ¿No entiendes? Los vecinos están cargando sus coroticos. Llegan gente en carro gritando para que cojamos el cerro. El agua ya viene, hombre… Sal para que veas cómo corre todos para la montaña.

Hilario está impasible. Se asoma a la puerta y efectivamente observa cómo todos corren despavoridos. Se oyen frenazos de cauchos sobre el pavimento. Algunos corren  hacia los carros con algo en hombros o en las cabezas; otros huyen despavoridos hacia el monte cargando los objetos más insólitos: neveras, televisores, equipos de sonido…

-         ¡Ay, virgen santísima! –claman unos, mientras otros se postran en la huida pidiendo la intervención divina.

        Vete, pues, mujer, detrás de esa cuerda de locos ignorantes que no saben ni dónde carajo están parados. Es imposible que las aguas del Turimiquire se desparramen para este lado, mujer Y dirigiéndose a los vecinos, les grita: Ehhh, no sean estúpidos, el agua no sube cuestas…

Pero nadie le oye. Ni siquiera la Rosa que le parió once hijos y le conoce de sobra. La profecía de los cumanagotos, antiguos habitantes de aquellos territorios, está por cumplirse: “El pueblo que habita donde está nuestro trono, será tomado como semilla. Semilla recibieron del cielo. Y semilla devolverán a los dioses”. En un instante de súbito cataclismo, todos quedarán arropados por las aguas del Turimiquire, serán semilla para la serranía. Así lo quisieron los dioses. Se aclaraba el misterio. Era la deuda que debían saldar, quienes habitaran esas tierras, con los mismísimos dioses.

Ya Rosa ha entrado y salido con varios objetos pesadísimos a cuestas. Hilario la mira asombrado del vigor que ha desarrollado para acarrear tantos peroles en tan breve instante, y lleno de una certeza inconmovible le grita:

Tú solita vas a tener que volver a meter en la casa ese perolero… Pendeja.

Pero no queda espacio para discutir nada. Todos se embarcan en una emigración sin precedentes que se extiende por todos los caseríos de la carretera principal de Cumanacoa: Arenas, Quebrada Seca, Salsipuedes… “¡Corran, el agua viene arrasando todo los caseríos vecinos. Ya llega aquí. Cojan el cerro!”.

El Gran Turimiquire, el otrora asiento de los dioses, clama por los hombres,  mujeres y niños-semilla que se diseminaron por las márgenes del gran Manzanares, en aquellos valles verdes y bendecidos por la fertilidad y la abundancia por luengos años. “¡Se reventó la represa, mi Dios.  Nos morimos todos…!”.

El paso hacia los caseríos está cerrado para evitar que los conductores sufran accidentes ocasionados por las crecidas. Pero la noticia que circula de boca en boca, no es esa. La noticia que todos repiten es la rotura del Turimiquire. Sólo circulan por la vía  los carros que quedaron atrapados en el interín de las noticias y las órdenes de cierre por parte de la municipalidad. Algunos helicópteros sobrevuelan la zona para monitorear los niveles de los ríos que abundan por esos valles. Pero el solo ruido de estos artefactos, causa desmayos y mayores desesperos en la población…

        ¡Virgen del Carmen! Un cataclismo. Fin de mundo.

        Mi virgencita del Coromoto… ¡Sálvanos de las aguas!

Pero en el fondo todos saben que este no es asunto de dioses cristianos, que esto no es más que el cumplimiento de las profecías. Los cumanagotos lo dijeron. Y eso de ahora, esta desgracia, era el misterio despejado, sin piaches que pudieran venir a prestar socorro a estas nuevas generaciones de hombres, mujeres y niños-semillas.

Alguien sale de una de las casas con un televisor a cuestas y un título de bachiller. Y de pronto, comienza a llover y el desesperado se regresa a envolver el cilindro preciado en una bolsa plástica. No pueden dejar en las casas el producto de tantos esfuerzos. Vale la vida. Pero hay que salvar los corotos y las cosas de valor, mientras se pueda. Aún no llega el Turimiquire a cobrar las deudas.

        Sálvate, mijo querido grita una anciana al tiempo que se desvanece mientras el hijo corre sin mirar atrás a refugiarse en lo más alto del valle, dejando a la madre tirada en el zaguancito de la casa familiar.

Otra corajuda mujer le entrega los niños a la hermana menor y le dice: “Corran ustedes al cerro. Sálvense, mientras yo trato de sacar algunas cositas de la casa. Suban, pues. Que la virgen me los acompañe”.

Ya hay una cantidad enorme de vecinos en las cúspides, rodeados de todo tipo de artefactos. Nadie sabe cómo lograron subir aquellos objetos allí, impelidos por una fuerza extraordinaria que nunca antes creyeron poseer. Pero las aguas del Turimiquire no terminan de llegar.

Y ahora todos se miran unos a otros, con un cierto margen de incredulidad. Ya algunos empiezan a reír y a mirarse con un cierto dejo de burla, que poco a poco va transformándose en escarnio.

        Caray, compai… ¿y usted se trajo el televisor? ¿Y dónde carajo creía que lo iba a enchufar aquí arriba?

Allá abajo, en el Puente Villarroel de Quebrada Seca, se paran unos carros y salen unas personas que gritan: “¡Bajen, era una falsa alarma! Bajen… ¡Falsa alarma! ¡Falsa alarma!”…

Si subir aquellos objetos fue una actividad que se realizó en un dos por tres, la empresa de bajarlos se constituyó en una verdadera calamidad. Las fuerzas los habían abandonado a todos. Y un objeto que fue acarreado hasta la cima por una sola persona, ahora requería de tres y cuatro para poder ser descendido del cerro.

Entre risas y chanzas, los descendientes de los cumanagotos volvieron a sus casas. Había que volver a leer las profecías. Quizás el sentido era otro. Más benéfico, claro. Sin cataclismos ni deudas ancestrales.

Rosa entró en la casa arrastrando la nevera, y vio a Hilario, silencioso y sereno sentado en el sillón.
        ¿Qué fue, mija, ya les volvió el sentido común?

        Ujuuú, mijo, tenía razón; pero una nunca sabe cómo pueden ocurrir las cosas y por eso se asusta.

        Guá, ¿y por qué no me escuchó cuando le dije lo que le dije?

        Le digo que una nunca sabe. Esa serranía llena de agua siempre es una amenaza desde que la mentaban los indios. Y como ha llovido tanto…

        La peor amenaza de los hombres es la ignorancia, mujer. Por eso acabaron los españoles con esos vergajos. Eran muy inocentes. Y el inocente nunca se salva.

Ese día no hubo arcoíris, tal y como lo decían los augurios ancestrales de nuestros antepasados. Ni tampoco hubo nuevos pactos entre los hombres y sus dioses. El amo seguía siendo el miedo, y nadie podía aún tocar la última puerta en donde se reunirían todos los mundos en un solo mundo que reclamara, al fin, la semilla que los dioses dejaron en la tierra. En esas tierras, por lo menos.


martes, 16 de junio de 2015

La cerbatana


El viejo atiza la candela y sale del cobertizo donde se encuentra el fogón, me mira con cierto aire de sencilla sabiduría y sentencia:

Antes sí se veían cosas.  Ahora no tantas.  Ahora se ven, pero no tantas como antes.

Le miro muy seria, tratando de conferirle el valor sagrado que siempre tiene la palabra para el hombre de campo. Sé que quiere  hablar.  Sé que la soledad le atenaza el alma y que cualquier visita de un integrante de la familia significa una oportunidad de conversar con otro ser humano que no es él mismo. Porque de seguro, solo en aquella casa que lo vio nacer, alejado de los suyos voluntariamente, con la terca convicción de amar sólo a quien mostrara interés por saber de él, o tan siquiera llamarle; no para de hablar consigo mismo.

No para, incluso de pelear contra sí mismo, contra sus decisiones y su vida pasada. Su rostro se ha endurecido sensiblemente. No es ya aquel hombre que llegaba de visita a nuestra casa familiar, cuidadosamente vestido, buenmozo, agradable, acompañado por su esposa y sus tres hijos. El tío se nos ha vuelto un hombre extraordinariamente huraño. Y los años, por supuesto, contribuyen a amargarle algo más su carácter, siempre hosco y rezongón desde que era muy niño.

En esa casa por donde pasamos ahorita, vivía una señora muy querida en el pueblo. Esa señora se llamaba Justa Pastora. Así se llamaba. Lo recuerdo clarito. A esa mujer aquí la querían demás, muchacha. Pues mira,  ven para contarte, a esa señora le cayó cangrina. Primero le cortaron un dedo, luego el pie. Y después la pierna.

Afuera se oyen voces que interrumpen el relato, saludos guturales de algún vecino que sin entrar a la casa, sólo abriendo la alberca de metal del porchecito que sirve de antesala, le hace saber al tío que van pasando frente a su puerta y que está pendiente de él…

         −          Heyyy, ¿Qué fue primoooó?

 −        Vaaaaa, primoooó. Todo bien responde el tío, a la par que continúa su relatoPero la cangrina siguió corriendo. Y esa pobre mujer se descompuso toda y se murió. ¡Carajo! Ese día que la esperábamos en el pueblo para el velatorio, su casa se llenó de gente. Yo estaba allí y presencié esa vaina, muchacha…

Miro al tío con infinita dulzura. Siempre le he amado a pesar de sus durezas, porque tras ella siempre he intuido que hay un alma fraterna y adolorida. De joven yo, y después de destruida su relación familiar de pareja, presencié más de una vez su llanto callado en largas noches de insomnio. Le oía llorar quedito junto a la almohada y me sentía impotente de no poderme parar de mi cama, cercana a la suya cuando llegaba de visitas, para consolarle con alguna palabra de aliento. Sabía que en su cultura patriarcal, machista y hasta misógina, un gesto así constituiría una tremenda humillación a su pretendida condición de hombre. Y nunca pude decir la palabra necesaria y urgente que aminorara su pena. Por eso quizás siempre le he amado  y siempre he procurado hacérselo saber, para que a pesar de todos los desamores que siente por los suyos, sepa que en mí siempre tiene una aliada.

El tío, además, había sido criado por mi mamá casi hasta los dos años. La abuela había enfermado después del parto, y la labor de cuidados quedó a cargo de la hermana hasta transcurrido casi los dos años. Tenía pues aún fresco el afecto de hermana que ella en vida siempre le prodigó, a pesar del tiempo y el camino que cada uno de ellos emprendió en sus vidas. Y ese afecto de mi madre, me llevó siempre a concederle al tío un lugar especial. Ignoré siempre su amargura, y le vi siempre directo al alma. Con ella conversaba yo cada vez que volvía a la casa de los abuelos, convencida de volver con mi viejita a ese lugar primogénito en el cual se maceraron sus infancias.

El tío interrumpe mis cavilaciones, para cerrar su relato:

        Estando allí, muchacha, pasó una vaina que la tengo clarita en mi memoria. De momento entró una cerbatana que voló por la sala y todos sentimos la podredumbre. La difunta, claro. La difunta que se adelantó y llegó con aquella hediondez a carne podrida hasta el velorio. Pobrecita, Justa Pastora… Más atrás de aquella presencia de la cerbatana, llegó el ataúd, con la misma hedentina. Y nos fuimos directico a enterrarla para no seguir sintiendo aquel olor… Por eso te digo, que esas cosas pasaban antes en este pueblo. Ya casi no.

Ahora mi tío extiende las arepas en el budare y ese olor maravilloso, mezclado con fritura de pescado y piña, se expande por toda la casa. La maravilla está completa: Sí. Estoy en Quebrada Seca. Lejos de tanto cemento y racionalidad urbana. Pueblito a orillas de la carretera Cumaná-Cumanacoa. Territorio de mitos y leyendas. Lugar de lo real maravilloso. Mi raíz y mi gente.

Maravillada por el desenlace de la historia, le digo:

 Ese es un cuento fenomenal, mi tío. Lo voy a escribir un día a dos manos con usted.

Y aquí estoy, mi tío, escribiendo sola esta historia que tú me contaste para que no termines de morir nunca. Para que tus nietos y los hijos de tus nietos, me lean, y te lean. Para que tus sobrinas a las que tanto amaste como si fuesen tus hijas, perdonen tus tristezas, y no transfieran ese dolor a sus generaciones. Para que quien no tuvo la dicha de mirarte el alma, la vea entre mis recuerdos que son así de simples y sencillos, auténticos como tú, mi buen tío.