sábado, 29 de agosto de 2009

In memoriam

Daniel Oliver Rugeles y el concepto de autenticidad humana

Gladys Emilia Guevara

A Daniel Oliver Rugeles lo conocí una mañana del mes de marzo de mil novecientos setenta y seis, cuando en procura de ayuda para resolver unos dichosos teoremas que nuestro profesor de matemática había asignado como parte de la evaluación final de lapso en el área; toqué la puerta de su humilde apartamento, ubicado en aquel pueblecito amable y campesino que era entonces San Pedro de Los Altos.

Jamás olvidaré su voz: grave, firme, hermosa. Su saludo cordial y afectuoso. Su entrega incondicional y desinteresada a la tarea educativa. Y sobre todo, su capacidad para el diálogo respetuoso e inteligente, el cual siempre estaba ambientado por una selección particularísima de música clásica o de las más excelentes óperas producidas por la humanidad.

A mis quince años de edad, y enamorada como estaba de la poesía y del ideal revolucionario de la izquierda latinoamericana, en especial de la figura cimera de José Martí, la formación intelectual de aquel educador extraordinario que fue el profesor Oliver Rugeles, me cautivó. De sus labios oí declamar versos de García Lorca, Neruda y de Manuel Felipe Rugeles… De sus labios oí la lectura de los más hermosos pasajes de Ricardo III, Macbeth o El rey Lear… Y también a través de sus labios conocí la magia de la enseñanza significativa, porque aquel gigante gentil que me abrió las puertas de su paraíso familiar - en donde moraban una esposa dulce y dos niñitos traviesos - me enseñó a asumir la tarea educativa con la pasión necesaria de un apostolado.

Daniel Oliver Rugeles era el modelo de un educador integral. Tan fácil hablaba de procedimientos lógicos dictados por la matemática, como abordaba el análisis de hechos históricos, relataba perspicaces anécdotas referida a personajes de la historia venezolana o comentaba inteligentemente una obra artística, un discurso literario o un texto filosófico…

Y así, durante muchos años, pude disfrutar de su amistad y vanagloriarme de ser una de sus amigas más selectas. Fue a él a quien por primera vez le confesé que estaba enamorada del que después fue el padre de mis tres hijos. Fue en él en quien me refugié, cuando henchida de dolor por la muerte de mi padre, ya casi no me quedaban afectos sobre los cuales aferrarme.

Un día – lo recuerdo con claridad – me explicó la razón de nuestra conexión afectiva:
- ¡Carajita, – me dijo, porque así solía nombrarme cada vez que se dirigía a mí – lo que pasa es que uno descubre la autenticidad de los seres humanos…! Se es auténtico, cuando se es honesto.

Y de eso, sí que sabía el profesor Oliver. De honestidad. Todo el que tuvo el privilegio de ser su amigo, conocía que aquel ser excepcional jamás fue tentado por la codicia ni por el deseo de lucro personal. Tenía sólo lo necesario para vivir en paz.

Un día, aquel amigo mágico y extraordinario, tomó de la mano a los suyos y se fue a vivir a Los Andes. Allá fue castigado duramente por los academicistas de siempre. Ellos no soportaban la enseñanza de la matemática que promovía el maestro; no soportaban que el aprendizaje llegase amablemente hasta sus discípulos. Y por supuesto, la mezquindad y la mediocridad de las autoridades de ayer y de siempre de la Universidad de Los Andes, le mostraron su peor rostro.

Creo que ese fue un golpe mortal y definitivo para su corazón impetuoso y apasionado. Cuando regresó de San Cristóbal, ya su espíritu había comenzado a entristecerse, y la muerte comenzaba a asediar su corazón lastimado.

Presentimos juntos ese desenlace, y recuerdo que una tarde lluviosa en el Hospital Clínico Universitario, nos abrazamos y lloramos en silencio.

No pude despedirme de él cuando voló a Cuba buscando su salud. No pude estar a su lado cuando su corazón se detuvo y se desprendió definitivamente de este mundo; pero lo vi llegar escoltado por su dulce “pioja”, “su china”… hermoso, gallardo, como un príncipe, impecablemente vestido y con una dulce boina de poeta dentro de su ataúd.

Todos los días de mi vida recuerdo a Daniel Oliver Rugeles. Pero cuando observo en lo que se han convertido los docentes universitarios en este país - ciegos perseguidores de puntajes para ascender a la categoría de PPI - recuerdo más intensamente la honestidad de este ser humano que apenas tuvo tiempo de observar los inicios del proceso revolucionario venezolano; pero que en su infinita inteligencia identificó las señales inequívocas del trascendente liderazgo del Presidente Chávez.

Con esta revolución, querido maestro, avanzamos todos los que te amamos. Y en ella hemos consagrado tu recuerdo inmortal. Siempre venceremos, camarada y amigo, porque siempre hemos sido auténticos.

1 comentario:

  1. Muy conmovido luego de leer parte de la historia que compartiste con el "Profesor", de igual forma te comento que agradezco mucho a Dios por permitir pudiera conocerlo en esa etapa de su vida en San Cristóbal.
    De hecho fui también su alumno y siempre recuerdo con malestar como se le negó la oportunidad de seguir impartiendo sus clases magistrales en las aulas tachirenses, aun cuando estas se llenaban con estudiantes de otras secciones para presenciar y disfrutar de este lenguaje tan maravilloso que es la matemática.
    Guardo un profundo respeto hacia su memoria y con mucho cariño cuando pienso sobre él me acuerdo de una parte de "La Boheme" que muchas veces escuchamos y que para el aplica perfectamente así:
    "Quien era?, era un Poeta,
    que cosa hacia? Vivía,
    y como vivía? el sí que Vivía" ... con gran entusiasmo.
    Saludos desde Maracay

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