miércoles, 17 de junio de 2015

El día en que se cumplió la profecía de los cumanagotos…


Hilario mira a su mujer correr despavorida por la casa levantando objetos y volviéndolos a colocar nerviosamente, como si no supiera qué comenzar a acarrear primero.

        ¿Qué pasa, mujer? ¿Qué pasa?

        La represa, Hilario, la represa de Turimiquire se rompió y el agua viene hacia acá. Ya hay desgracias terribles en otros caseríos… Están bajo las aguas. Tenemos que coger pal cerro. Ayúdame a ver qué salvamos, hombre de Dios…

Eran días de lluvias incesantes. Llovía aún sobre las cabeceras del Manzanares y hasta la población de Dos Ríos había llegado la noticia de algunos desbordamientos de ríos en Cumanacoa y Arenas. Hilario se acercó a la mujer y le sujetó los brazos.

        No seas loca. No nos movamos de aquí, mujer. Si la represa de Turimiquire se rompió, esas aguas no pueden llegar acá. Esta tierra donde estamos está pal norte, es serranía, y está lejísimo de la represa que está en el sur.

        ¿No entiendes? Los vecinos están cargando sus coroticos. Llegan gente en carro gritando para que cojamos el cerro. El agua ya viene, hombre… Sal para que veas cómo corre todos para la montaña.

Hilario está impasible. Se asoma a la puerta y efectivamente observa cómo todos corren despavoridos. Se oyen frenazos de cauchos sobre el pavimento. Algunos corren  hacia los carros con algo en hombros o en las cabezas; otros huyen despavoridos hacia el monte cargando los objetos más insólitos: neveras, televisores, equipos de sonido…

-         ¡Ay, virgen santísima! –claman unos, mientras otros se postran en la huida pidiendo la intervención divina.

        Vete, pues, mujer, detrás de esa cuerda de locos ignorantes que no saben ni dónde carajo están parados. Es imposible que las aguas del Turimiquire se desparramen para este lado, mujer Y dirigiéndose a los vecinos, les grita: Ehhh, no sean estúpidos, el agua no sube cuestas…

Pero nadie le oye. Ni siquiera la Rosa que le parió once hijos y le conoce de sobra. La profecía de los cumanagotos, antiguos habitantes de aquellos territorios, está por cumplirse: “El pueblo que habita donde está nuestro trono, será tomado como semilla. Semilla recibieron del cielo. Y semilla devolverán a los dioses”. En un instante de súbito cataclismo, todos quedarán arropados por las aguas del Turimiquire, serán semilla para la serranía. Así lo quisieron los dioses. Se aclaraba el misterio. Era la deuda que debían saldar, quienes habitaran esas tierras, con los mismísimos dioses.

Ya Rosa ha entrado y salido con varios objetos pesadísimos a cuestas. Hilario la mira asombrado del vigor que ha desarrollado para acarrear tantos peroles en tan breve instante, y lleno de una certeza inconmovible le grita:

Tú solita vas a tener que volver a meter en la casa ese perolero… Pendeja.

Pero no queda espacio para discutir nada. Todos se embarcan en una emigración sin precedentes que se extiende por todos los caseríos de la carretera principal de Cumanacoa: Arenas, Quebrada Seca, Salsipuedes… “¡Corran, el agua viene arrasando todo los caseríos vecinos. Ya llega aquí. Cojan el cerro!”.

El Gran Turimiquire, el otrora asiento de los dioses, clama por los hombres,  mujeres y niños-semilla que se diseminaron por las márgenes del gran Manzanares, en aquellos valles verdes y bendecidos por la fertilidad y la abundancia por luengos años. “¡Se reventó la represa, mi Dios.  Nos morimos todos…!”.

El paso hacia los caseríos está cerrado para evitar que los conductores sufran accidentes ocasionados por las crecidas. Pero la noticia que circula de boca en boca, no es esa. La noticia que todos repiten es la rotura del Turimiquire. Sólo circulan por la vía  los carros que quedaron atrapados en el interín de las noticias y las órdenes de cierre por parte de la municipalidad. Algunos helicópteros sobrevuelan la zona para monitorear los niveles de los ríos que abundan por esos valles. Pero el solo ruido de estos artefactos, causa desmayos y mayores desesperos en la población…

        ¡Virgen del Carmen! Un cataclismo. Fin de mundo.

        Mi virgencita del Coromoto… ¡Sálvanos de las aguas!

Pero en el fondo todos saben que este no es asunto de dioses cristianos, que esto no es más que el cumplimiento de las profecías. Los cumanagotos lo dijeron. Y eso de ahora, esta desgracia, era el misterio despejado, sin piaches que pudieran venir a prestar socorro a estas nuevas generaciones de hombres, mujeres y niños-semillas.

Alguien sale de una de las casas con un televisor a cuestas y un título de bachiller. Y de pronto, comienza a llover y el desesperado se regresa a envolver el cilindro preciado en una bolsa plástica. No pueden dejar en las casas el producto de tantos esfuerzos. Vale la vida. Pero hay que salvar los corotos y las cosas de valor, mientras se pueda. Aún no llega el Turimiquire a cobrar las deudas.

        Sálvate, mijo querido grita una anciana al tiempo que se desvanece mientras el hijo corre sin mirar atrás a refugiarse en lo más alto del valle, dejando a la madre tirada en el zaguancito de la casa familiar.

Otra corajuda mujer le entrega los niños a la hermana menor y le dice: “Corran ustedes al cerro. Sálvense, mientras yo trato de sacar algunas cositas de la casa. Suban, pues. Que la virgen me los acompañe”.

Ya hay una cantidad enorme de vecinos en las cúspides, rodeados de todo tipo de artefactos. Nadie sabe cómo lograron subir aquellos objetos allí, impelidos por una fuerza extraordinaria que nunca antes creyeron poseer. Pero las aguas del Turimiquire no terminan de llegar.

Y ahora todos se miran unos a otros, con un cierto margen de incredulidad. Ya algunos empiezan a reír y a mirarse con un cierto dejo de burla, que poco a poco va transformándose en escarnio.

        Caray, compai… ¿y usted se trajo el televisor? ¿Y dónde carajo creía que lo iba a enchufar aquí arriba?

Allá abajo, en el Puente Villarroel de Quebrada Seca, se paran unos carros y salen unas personas que gritan: “¡Bajen, era una falsa alarma! Bajen… ¡Falsa alarma! ¡Falsa alarma!”…

Si subir aquellos objetos fue una actividad que se realizó en un dos por tres, la empresa de bajarlos se constituyó en una verdadera calamidad. Las fuerzas los habían abandonado a todos. Y un objeto que fue acarreado hasta la cima por una sola persona, ahora requería de tres y cuatro para poder ser descendido del cerro.

Entre risas y chanzas, los descendientes de los cumanagotos volvieron a sus casas. Había que volver a leer las profecías. Quizás el sentido era otro. Más benéfico, claro. Sin cataclismos ni deudas ancestrales.

Rosa entró en la casa arrastrando la nevera, y vio a Hilario, silencioso y sereno sentado en el sillón.
        ¿Qué fue, mija, ya les volvió el sentido común?

        Ujuuú, mijo, tenía razón; pero una nunca sabe cómo pueden ocurrir las cosas y por eso se asusta.

        Guá, ¿y por qué no me escuchó cuando le dije lo que le dije?

        Le digo que una nunca sabe. Esa serranía llena de agua siempre es una amenaza desde que la mentaban los indios. Y como ha llovido tanto…

        La peor amenaza de los hombres es la ignorancia, mujer. Por eso acabaron los españoles con esos vergajos. Eran muy inocentes. Y el inocente nunca se salva.

Ese día no hubo arcoíris, tal y como lo decían los augurios ancestrales de nuestros antepasados. Ni tampoco hubo nuevos pactos entre los hombres y sus dioses. El amo seguía siendo el miedo, y nadie podía aún tocar la última puerta en donde se reunirían todos los mundos en un solo mundo que reclamara, al fin, la semilla que los dioses dejaron en la tierra. En esas tierras, por lo menos.


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